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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 283

NARRADORA

Detrás de rejas, de magia poderosa, de sellos y cadenas, más allá de la Isla de las Selenias y la bruma oscura, surcando las nubes de tormentas, los gritos espectrales, una civilización entera había sobrevivido, una que se creía extinta.

Baltazar, el Regente del Reino, estaba en plena reunión con sus consejeros cuando la puerta del salón fue abierta de golpe y uno de los guardias entró con cara de pánico.

—Espero que lo que tengas que decir sea de vida o muerte —le dijo fríamente, mirándolo con sus afilados ojos marrones.

—Su… su señoría… hemos recibido todo tipo de reportes de los límites del reino —el hombre le explicaba tartamudeando—. La… la…

—¡Habla de una maldit4 vez!

—La niebla de los límites se está retirando —soltó de carrerilla, con gotas de sudor cayendo por su rostro.

Baltazar se dio cuenta enseguida de la gravedad del asunto.

Salió corriendo y empujó con fuerza las pesadas puertas del balcón.

Sus ojos sabios contemplaron el cielo: las densas nubes oscuras, que apenas dejaban pasar algo de claridad, se estaban moviendo con rapidez en una dirección.

El aire b4tía impetuoso, y a lo lejos se escuchaban los truenos estridentes, las voces y susurros en el viento.

Recordó ese sueño que tuvo hace unas noches, donde el Rey le habló.

Pensó que era solo su imaginación; nunca lo había visto.

Durante milenios siempre supieron que tenían un Rey, ellos mismos lo habían elegido, alguien que los mantenía a salvo del peligro, de los monstruos sobrenaturales.

Esos seres horribles, diferentes, indeseables, que no tenían espacio en la sociedad que habían construido durante miles de años, desarrollándose al fin como un Reino poderoso.

Un reino nacido de una aldea de elementales retirada en las montañas.

—¡General! —llamó enseguida a sus hombres, entrando impetuoso en la sala.

Su túnica roja con bordados dorados brillaba sobre la oscuridad que siempre reinaba en estas tierras ocultas.

—¡Prepare el ejército, entramos en alerta máxima, proteja a los civiles, notifique a todos los ducados y sus soldados, a cada rincón del reino! —comenzó a dictar órdenes a diestra y siniestra.

Al fin y al cabo, este era su trabajo: representar los designios del Rey, que para ellos era su máxima deidad.

—Señor, ¿puedo saber exactamente qué sucede? —el General le preguntó.

—El Reino Elemental va a entrar en una guerra. Su majestad está preparándose para atravesar la barrera —le dijo convencido de que su sueño había sido muy real.

La inspiración fue generalizada. El miedo a lo desconocido se podía oler en el aire.

Muy por encima de sus cabezas, en medio del torbellino de corrientes demenciales y oscuras, que no dejaban atravesar prácticamente los rayos del sol o la luna, la silueta de lo que parecía un hombre, se podía apenas definir entre tantas tinieblas.

Ojos dorados se abrieron lentamente, la furia tan viva como hace milenios atrás.

Había sobrevivido, claro que lo había hecho.

El odio en su corazón era demasiado; ninguna Diosa dictaría su destino.

Él mismo sería su propio Dios.

Las pupilas doradas se contrajeron, algo confundidas.

Había algo más en su mente, un nombre que se repetía como un bucle.

—En primera línea está el Rey con los Guardianes Lycan —dijo con orgullo uno de los hombres lobo a su lado.

Todos miraron entonces hacia la vanguardia.

Por entre los espíritus inquietos de los no muertos, que no conocían el miedo a la muerte y esta batalla sangrienta los tenía muy excitados, se movían lobos Alfas gigantescos, poderosos lycans en sus formas de bestias.

Frente a ellos, un enorme e impresionante hombre, con el cabello fuego recogido en un trenzado, ataviado con ropajes en negro y dorado, su rostro lleno de marcas rojas de batalla, intrincadas, características de los lycans.

Se subió sobre la colina más alta para contemplar su ejército.

—¡SOLDADOS DE MI REINO! —de repente, una voz resonó estridente a través de los corazones de miles de criaturas sobrenaturales.

Se hizo un silencio sepulcral.

Aldric Thorne, a lo largo de estos años, había demostrado ser un líder que valía la pena seguir y obedecer.

—¡HOY LUCHAREMOS POR NUESTRA SUPERVIVENCIA, NO CONTRA UN ENEMIGO QUE TENEMOS QUE DERROTAR, SINO CONTRA UNO QUE DEBEMOS CONVENCER!

Nadie entendió muy bien qué quería decir el Rey, y Aldric tampoco se los explicaría.

Aquí había dos simples caminos: que Sigrid lograra un milagro, o morir todos juntos.

—¡ASÍ QUE CUIDEN SUS VIDAS Y PROTEJAN ESTA FRONTERA, PORQUE DETRÁS, SOLO ESTÁN NUESTROS SERES QUERIDOS! ¡NO HAY OPCIONES, SOLO VENCER!

—¡VENCER! ¡VENCER! ¡VENCER! —le respondieron, y los rugidos se escucharon por leguas.

De repente, en medio de la euforia, del valor que les había infundido su líder que iba a la vanguardia, un sonido grotesco, como de un monstruo enfurecido, retumbó, haciendo temblar la tierra y los árboles.

Bandadas de pájaros escapaban asustados, los animales huían ante el avanzar del ejército y ahora, en medio de tanta malicia en el aire.

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