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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 305

KATHERINE

Los finos botines negros tocaron los adoquines del patio interior.

El corsé no me dejaba hacer movimientos bruscos; bajé tomando la mano del cochero como apoyo.

Intentaba no desviar la mirada a todos lados o mostrar asombro por la imponente edificación en piedras labradas blancas.

Era hermoso el castillo, lleno de detalles y lujos en cada esquina.

—Su señoría, bienvenida —una mujer con el cabello canoso estirado hacia atrás salió a saludarme con varias sirvientas.

Era el ama de llaves; había estudiado a todos aquí.

—Sra. Prescott, manden a llevar mi equipaje a la habitación —di una orden fría, seguida por unas toses falsas mientras me cerraba la pesada capa frente al pecho.

Mi tono de voz era más ronco que el de mi hermana y, debido a tantos años amordazada, pudiendo hablar pocas veces, me costó mucho trabajo poner a funcionar mis cuerdas vocales de nuevo.

Así que fingía seguirme recuperando de la enfermedad pulmonar que mi hermana tomó como justificación para mudarse a la campiña este mes.

—Sí, su señoría, enseguida. Y mandé a encender la estufa de su habitación. El agua del baño de rosas también está lista —me respondió con eficiencia y me pasaron los paños tibios para limpiarme las manos.

—Mi hija, ¿cómo está? —pregunté por lo que realmente quería saber desde que llegué, mientras caminaba con gracia, subiendo las anchas escaleras que llevaban a las puertas principales.

—Lady Lavinia está estudiando en su habitación —mi corazón se saltó un latido al pensar en salir corriendo a verla.

Mis pasos resonaban en el enorme vestíbulo.

Nunca había estado aquí, pero era como si lo conociera de toda la vida; estudié los planos, cada persona, cada detalle que Rossella me dio.

—Freya, ven conmigo. Sus cosas llévenlas a la habitación desocupada más cerca de mi hija —ordené, y mi vieja nana me siguió.

Nadie se atrevió a desafiarme, al menos no abiertamente, aunque vi de soslayo la expresión despectiva de algunas doncellas paradas en una esquina.

Quizás fueron ideas mías, estaba demasiado nerviosa en el fondo.

Escondía entre los pliegues de la capa mis manos temblorosas, manteniendo la barbilla arriba y una actitud engreída.

El ama de llaves dirigió el camino.

Subimos las alfombradas escaleras en rojo, los enormes tapices cubrían las paredes de piedra, y un candelabro dorado colgaba del altísimo techo.

El olor a madera y flores frescas en los exuberantes jarrones, la deliciosa comida que se filtraba desde las cocinas del castillo… Todo aquí era nuevo e increíble para mí.

Al menos mi hija había tenido una buena vida, mucho mejor que la que podría haberle dado en nuestra casita de la campiña.

¡BAM! ¡BAM!

Me sobresalté al escuchar lo que parecían dos disparos y estruendos como de lucha, rugidos encolerizados.

«¡Eres un idiota si crees que puedes venir a robarme en mi cara!

¡¿Cómo te atreves a malversar los fondos de mi ducado?!»

Miré hacia el frente, al pasillo del otro lado de este piso, donde la puerta de un despacho se abrió de golpe.

Un hombre alto e intimidante salió del interior.

Llevaba algo arrastrando en su mano.

No importaba su traje de alta costura, se notaban los músculos abultados, su rudeza y salvajismo al caminar, al llevar… un… ¿un cuerpo?

Asombrada, lo vi detenerse en el rellano de la escalera y arrojar sobre el borde a un hombre con la camisa llena de sangre en el pecho.

Observé su rostro lívido, con un agujero de bala que atravesaba también su frente.

El pelinegro lo empujó con la bota, sin compasión, y el cuerpo rodó, manchando toda la alfombra, hasta caer con un golpe sordo en el suelo del vestíbulo, creando enseguida un charco rojo que se extendía.

Todo sucedió en segundos. Nadie hablaba.

Los sirvientes, en silencio, bajaban la cabeza nerviosos.

Mis ojos volvieron a dirigirse hacia él.

Mi mirada se cruzó con una fría y afilada azul, como un trozo de hielo sin sentimientos ni compasión.

Sus rasgos masculinos y hermosamente salvajes se opacaban por su desprecio.

Estaba frente al Duque de Everhart, estaba más que segura.

Parecía que me odiaba, o más bien odiaba a Rossella… y ahora, yo era ella.

Intenté abrir la boca.

Después de meses sin ver a su esposa y más cuando ella fue a “recuperarse de una enfermedad”, supongo que al menos la saludaría, ¿no?

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