KATHERINE
Me quedé rígida por un momento sin saber qué responderle, los sentimientos chocaban con contradicción en mi pecho.
La alegría efusiva de conocerla, el nerviosismo de acercarme a ella, de cómo me trataría, si podría ganarme su amor perdido por más de 10 años, y ahora…
Ahora solo quedaba la amargura de ver a mi hija tratándome como su enemiga y una extraña.
—Yo soy tu madre, Lavinia, y solo quiero lo mejor para ti…
—¡Yo no tengo una madre, tú no tienes el derecho de llamarte así! ¡Vete de mi habitación, márchate, márchate…! —comenzó a gritarme y a lanzarme agua.
Una esponja llena de jabón impactó directo en mi escote, mojando todo el vestido y mi piel, salpicando mi rostro.
Apreté los puños en un puro temblor, mi mirada viajó de ella con su ataque de rebeldía hacia la susodicha “nana” parada en una esquina.
Bajó los ojos enseguida, pero lo pude ver muy claro: el regodeo y la burla en ellos.
—Salga del baño, no volveré a repetirlo —le dije con voz fría, tomando el control.
Me dolía el pecho por el desprecio de Lavinia, pero ya tendría tiempo de ganármela, de arreglar todo el desastre que mi hermana dejó por detrás.
Ahora la protegería, no importaba si me ganaba más su odio.
—Lo siento, mi lady, tendrá que finalizar usted solita hoy, lo lamento… —le dijo lastimera, acercándose para acariciarle el cabello húmedo como si fuese su madre.
— No nana, no te vayas, ¡no te vayas!...
La niña la halaba del brazo, puedo verlo de un vistazo; esta mujer ocupó el puesto de Rossella, que al parecer no le daba ni una segunda mirada a mi hija.
Tenía ganas de desenterrarla solo para asesinarla yo misma.
La “nana” pasó por mi lado, saliendo al fin del baño.
—¡Voy a decirle a papá para que te castigue por abusar de nana! ¡Eres mala, te odio, te odio!
—Pero yo te amo, hija… solo quiero cuidarte… —le respondí en un susurro, tragando el nudo en mi garganta y empujando todos esos sentimientos débiles hacia abajo.
—. Termina con el baño, no te vayas a resfriar. Afuera te espera la señora Freya, fue mi nana y te asistirá.
Le dije y salí del enorme baño lujoso; detrás se quedó haciendo una perreta.
—Cuídala, que no se vaya a caer o algo. Tenle paciencia —le susurré a Freya, que asintió mientras esperaba parada en el cuarto de Lavinia.
Tomé un profundo respiro y salí al pequeño despacho, cerrando la puerta detrás de mí.
—¿Qué le estás diciendo a mi hija? —le pregunté a esa mujer, caminando hasta enfrentarla.
—Nada importante, señora. Solo hablábamos de cosas de niñas…
— ¿Crees que adecuado decirle a una niña de diez años que puede meter a un varón bajo su falda? – le pregunto entre dientes.
Su actitud relajada me estaba enojando seriamente, ni siquiera se mostraba un poco nerviosa o arrepentida.
Quería preguntarle quién era el tal Theodore, pero temía delatarme. Lo averiguaría más tarde.
—Ya le dije, ella solo tenía curiosidad típica de su edad. Solo le daba consejos de cómo agradarles a los demás y no ser una Duquesa engreída y aborrecida por todos —me miró directamente, sin ocultarse.
—Esto no se va a quedar así, hablaré con el Duque —me amenazó la muy desgraciada, y se giró para marcharse, tirando la puerta de golpe como si fuese su casa.
Era obvio que, a pesar del desamor de Rossella, esta mujer estaba envenenando la mente de mi hija, haciéndose imprescindible para ella, poniéndola en contra de Rossella.
De ahí venía su confianza en que era insustituible.
Todo mi cuerpo temblaba, mi locura interior queriendo salir de golpe.
Bajé la cabeza, que me dolía horrores, y la sostuve con las manos, pálidas y frías.
El sudor me corría y pegaba la tela del vestido a mi cuerpo como una segunda piel.
Trastabillé con las piernas suaves y me apoyé contra la mesa de madera, respirando agitada.
Intentando recomponerme, algo me decía que este encontronazo solo era el inicio de la pesadilla que me esperaba.
Como imaginé, Lavinia no quiso recibirme en su cuarto, reclamándome que devolviera a su nana.
Obviamente, también le hizo desplantes a Freya.
Mi vieja nana tenía mucha paciencia.
Toda su vida siendo institutriz, me dijo que le diera tiempo. Era evidente que no podía forzarla desde el inicio.
El cambio era demasiado radical, y tampoco podía llamar la atención.
Suspirando, me fui al fin al cuarto de Rossella, y Freya también se marchó con una doncella para ubicarse en el suyo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...