KATHERINE
Ya era de noche. Estaba empapada de agua, sucia del polvo del camino y en extremo cansada, más mental que físicamente.
Entré a una pequeña sala, con un juego de muebles suntuoso y una mesa para el servicio del té.
La decoración era exquisita: cuadros y cortinas pesadas, muebles decorados de madera dura, incluso el techo estaba finamente trabajado.
Todo muy hermoso, pero había detalles que se podían apreciar si mirabas bien: las telarañas medio ocultas en las esquinas, el polvo mal sacudido.
Al abrir la habitación, el olor a guardado y humedad me asaltó la nariz, a pesar de que las sábanas estaban limpias.
La persona que se encargó de la limpieza de este cuarto hizo de todo, menos limpiar bien.
Al menos dejaron prendida la chimenea dentro de la fría habitación.
Cuando abrí el enorme clóset de madera, casi pensé que saldrían murciélagos de una cueva.
Eso no había tomado ni un soplo de aire en todo este tiempo.
—Vaya Duquesa de pacotilla que eras, querida hermanita —murmuré suspirando.
Agarré el vestido más sencillo y con menos tufo a guardado, pero para mí, que me pasé 10 años en una celda más pequeña que ese armario y en una simple bata sucia, era una prenda exquisita.
Al pasar al baño, lo mismo que en la habitación: una limpieza muy por encima después de meses de desuso.
—Y pensar que me traicionaste por esta vida de hipocresía, tú sí que eras patética, Rossella —bufaba mientras me sumergía en el “baño de rosas”, más que frío, de la tina amarillenta.
Se suponía que, por ser la dueña de la casa, tendría alguna sirvienta o más siguiendo mis pasos, atendiendo todas mis necesidades, limpiándome el … los pies, incluso si lo requería, pero aquí no había nadie.
¿Por qué la servidumbre se atrevía a tratarme así? Era evidente que porque el Duque lo permitía.
Igual, para mí, ahora era una ventaja.
Cuando salí vestida y me estaba secando el cabello, una doncella tocó a la puerta.
—Adelante —exclamé, y la escuché pasar desde la antecámara hasta detenerse en la puerta del cuarto abierta.
—Su señoría, ya el comedor está listo —me dijo y asentí—. Lady Lavinia solicitó comer en su habitación.
—Bien —le respondí suspirando—. La señora que vino conmigo, atiéndanla bien como parte de mi servidumbre personal —le ordené sin ser grosera, pero firme.
—Sí, señora, lo comunicaré al ama de llaves —la vi marcharse sin muchos protocolos.
Bueno, recordé lo que me dijo Rossella sobre sus obligaciones, entre ellas, estaba cenar con el Duque cuando se encontraba en el castillo.
Sin mucho tiempo para acicalarme y las tripas sonándome del hambre, salí hacia el comedor.
“A ver, siguiendo este pasillo debo encontrarme con las armaduras… ajá, aquí están. Entonces el tapiz del hombre a caballo y las escaleras al primer piso.”
El plano se dibujaba en mi mente.
Todos los días lo repasaba, así que llegué al enorme comedor que podría albergar como a 50 personas.
Era imponente, y esa mesa interminable, solo para comer nosotros dos, se veía solitaria.
—Señora, pase por aquí —me guio un mozo y me llevó hasta donde estaba una silla casi en el medio de la mesa.
—¿Aquí? —le pregunté y me arrepentí al momento con la mirada de “obvio” que me dio.
—Es donde siempre come, su señoría. ¿Hay algún problema? —me pregunta, y miro a la cabeza de la mesa.
Mínimo pensé que comería al lado del Duque, pero estoy a más de cinco sillas de distancia.
—No, está bien —le respondí agarrando la falda voluminosa del vestido turquesa y sentándome con elegancia.
Sacando todo el protocolo que aprendí y refiné, de la base que tenía.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...