KATHERINE
—¡Auch! —me agarré la nariz al borde de las lágrimas de dolor y levanté la mirada para ver “la pared” con la que me había tropezado.
Un hombre de más de 1.80, con músculos poderosos bajo la camisa blanca que llevaba algunos botones abiertos, dejando entrever unos sexis pectorales.
La túnica negra con brocados plateados por encima lo hacía lucir imponente.
Yo parecía una cosita con mis escasos 1.60, parada delante de él.
Sus ojos azules me miraron fijamente, tan intensos que comencé a ponerme nerviosa, pensando que sospecharía.
El aroma de su colonia, una mezcla masculina a base de bergamota, picaba en mi nariz, colándose dominante en mis pulmones.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó con voz grave y fría, ese tono ronco y autoritario de fondo.
Di un paso atrás; estábamos demasiado cerca. Debía ser precavida.
Este hombre… este hombre me gritaba peligro por todos lados.
—Esperando a su señoría para cenar —le dije secamente, dando media vuelta y regresando a mi puesto.
La verdad era que deseaba enfrentarlo, pero la Rossella real no lo habría hecho.
También pensé en irme, pero mi estómago no me lo permitía.
Peores cosas había tenido que hacer por un plato de comida caliente, que cenar con este duque maleducado.
Él tomó su puesto, bien alejado de la “apestada”, y al fin, gracias a todos los cielos, entraron con los carritos de la comida.
Cuando el aroma del caldo lleno de carne y el pan recién horneado me llegaron de frente, me olvidé hasta de mi nombre.
Le entré con furia a los pedazos de cerdo flotando en la sustancia aceitosa.
“… mmm qué suavecito, está que se deshace en la boca…”
Comí con deleite, sin mirar a los lados, hasta casi pasarle la lengua a la porcelana.
—¿Te estabas muriendo de hambre en la casa de tu familia? —me quedé congelada cuando la voz masculina habló de nuevo.
Rayos, había olvidado al Duque.
Extendí la mano con gracia, después de comer como una puerca y tomé un sorbo de vino de la copa, haciendo que el pan que me atascaba la garganta bajara un poco.
—La hora de la cena comenzó hace más de una hora, su señoría —fijé mis ojos en él con reproche.
—. Tenía algo de apetito, gracias por preguntar. He terminado; si me disculpa. Buenas noches.
Y, con la misma, me limpié la boca con la servilleta y me levanté sin darle un segundo vistazo.
Juraría que estaba frunciendo el ceño, y la cara del mayordomo era un poema.
Si no quería verme, yo no lo forzaría con mi presencia.
—¿Cómo se atreve a irse sin que el Duque haya terminado de cenar? —de repente, el mayordomo se me atravesó cuando iba de salida.
—¿Cómo te atreves tú a hablarme así? —lo reté, alzando la barbilla—. He terminado de cenar, quiero irme a mi cuarto. ¿Quién me detendrá? ¿Lo harás tú?

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...