KATHERINE
—Duquesa, ¿deseaba algo? —el insufrible del mayordomo fue quien me abrió la puerta.
—Deseo ver al Duque —le respondí, igual rayando en la mala educación, porque su tonito superior no me gustaba para nada.
—Sabe que tiene que sacar cita para ver a su señoría, puedo darle una para la semana que viene…
—Es de emergencia y necesito verlo, ahora —hice hincapié en el "ahora".
Podría sentir los sonidos del Duque dentro de la habitación.
No sé si lo hacía a propósito, pero se escuchaban las cosas moverse sobre el escritorio y él leyendo algún documento.
—El Duque está ocupado con la sesión matutina, no puede ser hoy… ¡oiga, nmmm! —gimió de dolor cuando le hundí el tacón de los botines a fondo en su pie.
Aprovechando su descuido, lo empujé y pasé adelante, a la oficina de ese prepotente.
—Lo lamento, su señoría, por interrumpirlo, pero debo hablar un asunto urgente con usted —le dije, aguantando mi genio.
“Soy Rossella, soy Rossella, ¡soy la maldit4 sumisa enamorada de mi hermana!”
Ni el mantra me estaba funcionando mientras el cabreo iba en aumento.
Escuchaba los pasos a mi espalda del Sr. Wallace y su mirada venenosa clavada en mi nuca, pero se quedó en silencio.
Supongo que estaba esperando a que el mismo Duque me diera una lección humillante.
—Señoría, es sobre la…
—Sr. Wallace, búsqueme en la estantería los informes de la agricultura en diciembre pasado para ver unos datos —me interrumpió sin siquiera levantar la vista de sus papeles.
Me tenía como una idiota parada delante del escritorio, como si no existiera.
Mis puños se apretaron con ganas de estampárselos en esa cara de chulito.
—Aquí están, señor —venía el mayordomo de regreso, y yo pensando en cómo llamar la atención del Duque.
Era obvio que estaba haciéndome todo esto a propósito.
¿Qué pretendía que hiciera?
¿Qué haría la tonta de mi hermana? ¿Salir llorando dramáticamente?
—Señor, sé que está ocupado, solo le tomará un instan…
—No me lo entregue. Léalo, Sr. Wallace. Léame las cifras de acumulación de los granos en los silos.
"¡Aaahh!"
Mis ojos miraron peligrosamente hacia una figura de cristal oscuro sobre la enorme mesa.
Ideas peligrosas de esa figura contra la cabeza del Duque pasaban por mi mente perturbada.
“No, no, Katherine, debes ser más inteligente, no dejes que tus instintos loquitos te dominen, eso es lo que él quiere, sacarte de tus casillas.”
Y como el Duque estaba tan ocupado, pues decidí quedarme a esperarlo.
Caminé despacio hacia el sillón frente a su escritorio y planté mis nalgas, repantigándome cómodamente.
Tenía todo el día para seguir en este jueguito del Duque cabrón y la Duquesa infeliz.
Lo miraba fijamente, sin siquiera pestañear.
Parecía una acosadora profesional.
Tosió de repente llevándose el puño a la boca.
Hubiese jurado por un segundo que un amago de sonrisa apareció en la esquina de esa odiosa boca.
Los hombres cosechadores no siempre eran muy honestos.
Nos enseñó a Rossella y a mí, pero ella estaba más interesada en los cosméticos, y yo era quien lo seguía siempre como una cola.
—Apuesto lo que sea a que en este silo, el más grande, esconden los sacos en un falso techo. ¡No se imagina los escondrijos que usan! —giré de repente el rostro para encontrarme de frente y muy cerca de esos ojos agudos que parecían penetrar hasta mi alma.
Estaba casi inclinada sobre el Duque, nuestras respiraciones entrecruzándose.
Sabía por qué mi hermana estaba loquita por este hombre; cualquier mujer lo estaría.
Menos yo, que estoy más preocupada por conservar mi cuello.
—Digo, yo no… no iba a ensuciarme en el campo, pero sabe que soy del sur… —fui bajando la voz, dando un paso atrás como electrocutada y alejándome de su poderosa e intimidante presencia.
—Sí, sé muy bien que es del sur… como su padre… —me respondió, y su voz sonó al final con hostilidad.
Tranquilo, ya somos dos que odiamos a ese maldito.
—Su señoría, usted no creerá…
—Este año es mucho más bajo el informe, y ni siquiera llegamos a diciembre. Supuestamente, cayó una plaga en los cultivos. Investigue bien, o no… mejor no. Yo personalmente iré a verlo.
—¿Usted? Bien, entonces, prepararé todo para su viaje.
—Que sea el carruaje más grande. —Comenzaron a hablar de nuevo, ignorándome.
Tosí un poquito… Nada de caso… Un poco más…
—¡Ejem!
—Duquesa, puede pedirle agua a cualquier doncella desde su habitación…
—No. Déjenos solos, Wallace. —Antes de volver a la estúpida dinámica de las palabritas educadas hirientes, el Duque al fin me mostró misericordia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...