KATHERINE
—Sí, su señoría —el mayordomo se retiró, cerrando la puerta.
Al quedarme a solas con él, mi corazón, por algún motivo, comenzó a ponerse algo nervioso.
Más aún cuando lo vi pararse y caminar cerca de la ventana, donde había unos licores sobre la mesita de bebidas.
—¿Desea algo de tomar?
—No, no, Duque. Vengo a hablarle de nuestra hija —fui enseguida al grano.
—¿Nuestra hija? —se giró con el vaso en la mano, alzando una ceja con sarcasmo—. Aquí no hay nadie más, Rossella. No tienes que fingir.
Apreté los puños, suspirando. Es cierto, él solo crio a una chiquilla impuesta a la fuerza.
—Bien, mi hija —rectifiqué fríamente—, y precisamente como es solo mía, creo que puedo escoger quién la cuida y quién no. No me gusta su nana. La eché del castillo.
—La Sra. Elena la ha estado cuidando desde bebé. Lavinia le tiene mucho cariño. No puedes despedir a una mujer honesta solo porque sí…
—¿¡Honesta!? ¿Sabes lo que decía a la niña mientras la bañaba? —di un paso adelante, indignada, y comencé a contarle todo lo que escuché.
—¿Theodore? —me preguntó con el ceño fruncido. Sé que hasta él vio la amenaza en esa mujer.
—Sí, sí, Theodore —maldición, esperaba que no me preguntara.
Yo no sabía quién era ese niño; Rossella no me lo dijo.
—¿Por qué recuerdas a Theodore, cierto? —me preguntó de repente.
Empecé a sudar hasta la zona del bigote de lo nerviosa que me puse.
Mi mente trabajaba como una maquinaria a todo vapor.
—Claro, claro, ese niño tan inquieto —le respondí, desviando la mirada de él.
Acercándome al escritorio para fingir que acomodaba unos papeles, empujándolos con los dedos.
“Por favor, no preguntes más del maldito Theodore.”
—Llamarías “niño” a un joven de 14 años —su voz sonó cerca de mi oído, demasiado cerca, y esa colonia de bergamota se coló dominante por mi nariz.
El calor del pecho del Duque quemaba sobre mi hombro.
— Bueno, 14 años tampoco es que sea tan mayor, por eso le dije niño, pero para jugar con una niña de diez, no es adecuado si es con malas intenci…
Unos dedos fuertes me agarraron de la barbilla, jadeé asombrada cuando mi rostro fue girado y alzado.
El Duque se inclinó sobre mí, quedando a solo centímetros de distancia.
Me escudriñaba, y juraría que sus ojos azules se estrechaban en rendijas peligrosas, como si una bestia se ocultara en sus profundidades.
Inspiró profundamente, parecía aspirar mi aroma.
Incluso usaba el mismo perfume empalagoso de mi hermana por si acaso.
Su cuerpo enorme e intimidante me arrinconaba contra el escritorio.
—Su… su señoría, qué, qué sucede… —balbuceé, nerviosa.
—Estás cambiada —me dijo con voz gutural, y me quedé rígida
—. ¿A qué estás jugando, Rossella? ¿Qué sucedió en tu viaje, que pareces ser una persona completamente distinta?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...