KATHERINE
—No, ese vestido tan elegante no, metan en el baúl cosas más prácticas, sí, sí, ese pantalón de montar está bien —le indicaba a las dos doncellas que empacaban mis necesidades para este loco viaje.
Caminé hacia la ventana mientras ellas hacían sus deberes.
La noche avanzaba afuera, tan oscura que no se veía más allá de las sombras de los enormes faroles.
¿Dónde estaba el Duque y por qué no había regresado?
Tenía una preocupación muy grande: ¿estaría en la casa de su amante?
Necesito averiguar bien quién será, de seguro una mujer hermosa y a su altura.
¿Estará acostándose con ella ahora mismo?
Subí el dedo pulgar para mordisquearme la uña.
La ansiedad crecía en mi interior, la inseguridad de que esa mujer quedase embarazada y peligrara nuestra posición aquí.
Solo tenía la casa vieja de mi padre, ni siquiera las tierras de cultivo.
Rossella lo vendió todo. Nos quedaríamos con una mano adelante y otra atrás.
De repente, en medio de la bruma nocturna, escuché el relincho de un caballo que venía a galope por el camino de la entrada.
Sin siquiera parpadear, lo vi aparecer saliendo de la más profunda oscuridad, dominando al animal con mano de hierro.
No pude evitar notar el detalle de que llevaba el cabello mojado y la camisa medio abierta.
Su aspecto, en general, era descuidado y, para qué negarlo, muy sexy.
Apreté los dientes pensando en bien podría haber venido de follar, que esa mujer acababa de disfrutarlo, por completo desnudo, meneándose entre sus piernas abiertas.
Uggrr, maldito infiel.
Sabía muy bien que él estaba obligado con Rossella y es obvio que su matrimonio era más que una fachada; aun así, me molestaba.
Se bajó de un salto y le pasó las riendas al mozo, avanzando con grandes zancadas hacia el interior del castillo.
Pero, cuando creí que no se detendría, lo hizo por un momento y subió la cabeza.
Me tensé y traté de esconderme detrás de la cortina, aunque fue inútil.
Mis ojos conectaron con esos azules gélidos que parecían brillar en la oscuridad.
El Duque enseguida bajó la cabeza y continuó su camino con una expresión ceñuda.
“Por su majestad, voy a tener que buscar la manera de violar a ese hombre”.
Me llevé los dedos al puente nasal para apretármelo. Me comenzaba a doler la cabeza.
Por suerte, las sirvientas terminaron deprisa y pude irme a dormir, pero casi no pegué ojo en la noche.
Debería pasar el tiempo tratando de conquistar a mi hija y no de paseo con el Duque… aunque espera…
En vez de seguirme haciendo mala sangre, mejor aprovecho este chance para estar cerca de él.
Sí, sí, esta era una oportunidad, no un problema.
Con un objetivo en mente, al fin pude dormirme.
*****
A la mañana siguiente:
—Nana, necesito que cuides muy bien de Lavinia. Ya le dije al ama de llaves y al mayordomo que tú quedabas a cargo de sus cosas —cuchicheaba con ella en la antesala del cuarto de la niña.
—Vete tranquila, yo la cuido. Sé cómo manejarla.
Asiento suspirando y mirando hacia su habitación cerrada.
—Acabo de llegar y ya me tengo que separar de ella de nuevo…
—Serán solo unos días, no seas tan dramática. Más bien aprovecha para acercarte al Duque, pero sin levantar sospechas —me aconseja.
Cerrando la puerta con suavidad, me giré para mirarla por la rendija antes de cerrarla por completo.
Mi hija estaba llorando. Se tapó el rostro con el libro, pero sus hombros temblaban.
Pegué la puerta sin querer forzarla más.
Mi mano temblaba sobre el picaporte.
Cerré los ojos con fuerza, intentando retener las lágrimas que rodaban sin cesar.
Podía perdonar a Rossella y a mi padre incluso por arruinar mi vida, pero nunca por haberme robado a mi hija y tantos momentos con ella, que ya no regresarán.
—Niña, tranquilízate. Ya el Duque te espera. Tienes que ser fuerte, por ella —la voz sabia de Freya sonó a mis espaldas, y su mano se posó en mi hombro.
Abrí los ojos, ahora llenos de determinación.
No había lugar para fallar. Este Ducado tenía que ser nuestro.
*****
Me limpié las lágrimas y bajé las escaleras.
En el primer piso, ya los mozos montaban el equipaje en el carruaje.
El Duque se giró para verme descender.
Llevaba un traje de montar color índigo que combinaba con el azul claro de sus ojos.
—Buenos días, su señoría —lo saludé, porque no se presentó al desayuno.
—Buenos días, Duquesa —me respondió secamente—. En cinco minutos partimos —agregó, caminando hacia el exterior.
—Tan maleducado —murmuré bufando.
Llegó la hora de partir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...