KATHERINE
Salí con mi vestido sencillo y cómodo para el largo viaje.
Me acomodé los guantes, y el ama de llaves me ayudó a subir al espacioso carruaje, explicándome algunas cosas.
—Que tenga un buen viaje, Duquesa —me dijo al final, y le agradecí, corriéndome a un lado en el aterciopelado asiento, dejando espacio para el Duque.
Todo por dentro estaba forrado de un damasco verde con patrones plateados, elegante y hermoso.
Debajo de los asientos enfrentados había compartimentos cerrados. El ama de llaves me dijo que ahí se guardaron provisiones de comer.
Se notaba el lujo, pero obvio, se trataba del dueño y señor de estas tierras.
Y hablando del Duque, lo esperé y esperé y nada.
Cerraron la puerta del carruaje, sentí que se estremeció cuando el cochero tomó su lugar y luego el chasquido del látigo y su exclamación azuzando al caballo.
Enseguida me incliné sobre la ventanita y aparté la cortina. Entonces lo vi.
El Duque iba montado sobre ese hermoso caballo blanco de anoche, con otros hombres que parecían la guardia que nos custodiaban.
No muchos, a penas, unos diez de ellos.
Di un resoplido, cerrando de golpe la cortina. Adiós al plan de acercarnos.
Este hombre me huye como a una plaga.
Cada vez me convencía más de que tendría que arriesgarme a seguir los planes de Nana. Parecía el único camino.
El viaje avanzó sin demora. Me fue entrando sueño, aburrida del traqueteo. Debí traerme al menos un libro.
Terminé durmiéndome en algún momento, pero me levanté sobresaltada por un bache que tomó el carruaje y luego, nos detuvimos.
Me atreví a abrir la puerta. Necesitaba salir a estirar las piernas y al menos tomar algo de aire.
Solo hice poner un pie afuera cuando una sombra me cubrió.
Mis ojos subieron para encontrarme con los azules impetuosos del Duque.
—Pasaremos por uno de los silos del mapa. Necesito que vengas conmigo a la inspección, es solo mirar —me dijo con esa voz ronca.
Sus ojos vagaron por mi rostro.
Asentí y me incliné para bajarme del carruaje. Sentí su carraspeo de molestia… ¿ahora qué hice?
De un salto vigoroso descendió del caballo.
—No pudiste ponerte algo más encubridor. Vamos a visitar hombres rudos del campo —me dijo, frunciendo el ceño y acercándose a mí.
—¿Encubridor? Ando con uno de los vestidos más serios y sencillos de mi armario —respondo mirando hacia abajo.
A ver, es verdad que la curva de mis senos se sale un poco, pero es imposible ocultar a mis dos amiguitas.
Lo siento, pero es lo que hay, y los vestidos de mi hermana me quedan un poco apretados en esa área.
—No te alejes de mi lado, ¿entendiste? —da un paso adelante y me dice entre dientes, en voz baja.
—Usted es el único que me rehuye, querido esposo. A mí me encanta estar siempre a tu lado —doy otro paso hacia él, con atrevimiento, cambiando a la ofensiva.
Sus músculos faciales se aprietan, las tormentas se mueven en el cielo azul de sus orbes.
Creo que me dirá alguna pesadez, pero sus ojos bajan de nuevo a mi escote. Juraría que ha hecho un gruñido bajo y luego se da la vuelta para marcharse.
¿Quién lo entiende? ¿Te gusta o no te gusta lo que ves?
*****
Siguiendo al Duque, nos internamos entonces en un pequeño asentamiento de jornaleros.
Viviendas rústicas de madera y paja en el techo, se solían utilizar para que durmieran ahí en los tiempos de cosecha.
—Sus señorías, es un honor para nosotros que hayan venido personalmente a este humilde lugar —nos recibió un hombre regordete, de bigote canoso, con escasez de pelo en la cabeza y unos espejuelos sobre la nariz.
Debería ser el administrador de esta área.
—Sr. Philip, no tengo mucho tiempo. Lléveme al silo y muéstreme el libro de contabilidad —el Duque, como siempre, directo a la yugular.
El hombre intentaba disimular, pero era obvio que sudaba profusamente.
Le pasó a su señoría un pesado libro que llevaba encima, con manos temblorosas.
Empujé la puerta de un corral, y la pestilencia del estiércol fresco me asaltó.
Un hombre rellenaba el bebedero de agua y le ponía comida al burrito.
Me dio una breve inclinación de cabeza y siguió en lo suyo.
Entonces revisé el otro corral a su lado, en la esquina más apartada.
El olor del estiércol también se filtró por mi nariz, pero las heces estaban amontonadas en una esquina, y solo unas pacas de heno seco descansaban contra la pared del fondo, casi cubriéndola.
Estaba a punto de darme la vuelta cuando mis ojos captaron unas huellas raras, parecían de hace poco.
El calzado lleno de lodo había dejado marcas.
Me agaché para examinarlas.
Provenían de un tipo de botín en específico, demasiado lujoso para ser de un simple jornalero, pero sí podría ser del administrador.
Era evidente que esa persona transitaba mucho por este corral, y la dirección de las huellas llevaba hacia la pared del heno. Muy raro.
¿Por qué se dirigiría el administrador hacia el fondo de la pared de un insignificante corral de burro?
Me levanté enseguida e intenté empujar las pacas al suelo.
La hierba seca caía esparciéndose, armando un reguero en el suelo de madera, pero pesaban mucho y me estaba costando trabajo moverlas bien.
Mi nariz de sabueso me llevaba a seguir la pista.
Estaba casi convencida: aquí había gato encerrado.
—Mmm —gemí sudando y respirando agitada mientras intentaba arrastrar una de esas cosas, creo que necesitaría ayuda.
—¿Puedo asistirla en algo? —escuché la voz baja de un hombre desde la estrecha entrada—. No debería estar aquí, se puede ensuciar su… ropa.
Al girarme, vi a un hombre muy alto, musculoso, mirándome con ojos nada amables.
Dio varios pasos algo intimidantes, y yo retrocedí un poco, nerviosa y mirando ansiosa a su espalda; él tapaba la única salida de esta ratonera.
¿Qué estarían dispuestos a hacer para que el Duque no se enterara de que le robaban y salvar su pescuezo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...