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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 320

KATHERINE

Ay no, no, no, qué susto.

Estaba en un puro temblor, esgrimía el cuchillo del pan como un arma mortal delante de mi cuerpo.

Agucé el oído, me moví suavemente para no hacer ruidos que me delataran.

No se escuchaban más pasos, pero con los sonidos de lucha en el exterior y los alaridos, era complicado discernir nada en concreto.

Repentinamente, la manija de una de las puertas laterales comenzó a moverse lentamente, mi corazón casi queriéndose salir de mi pecho, el miedo atenazando mis sentidos, la indecisión llenando mi mente.

Era la puerta que daba a la zona boscosa, por supuesto la más despejada, la lucha se desarrollaba desde el otro lado del carruaje, en la carretera.

Me levanté inclinada, la cabeza rozando con el techo, con el mango apretado al punto de poner blancos los nudillos de la fuerza.

Temblaba por completo, mis ojos sin despegarse de la entrada, pensando si lo más sensato no era salir por la otra puerta.

Tantas decisiones y muy poco tiempo, en cuestión de segundos, dejaron de mover la manija.

Pensé que abrirían la puerta de golpe, tomándome por sorpresa, todos mis sentidos enfocados en ese lado, pero grande fue mi sorpresa cuando la plancha de madera bajo mis pies fue retirada.

—¡Aaaahhh! —grité al sentir que caía al vacío.

Una trampilla que ni sabía que existía se abrió en el suelo del carruaje y caí pesadamente en la tierra.

¡Crack!

Mi cabeza se golpeó con fuerza en la parte de atrás, sacándome un gemido de dolor que se perdió entre los sonidos estridentes del enfrentamiento.

Alguien me agarraba férreamente de los tobillos a punto de dejarme moretones y me haló brutalmente por la parte de abajo del alto carruaje.

Forcejeé con todas mis fuerzas, intentando gritar por ayuda, resistiéndome, pero dos hombres me maniataron, amordazándome y arrastrándome hacia el bosque oscuro.

Recuerdos traumáticos de mi propio encierro asaltaban mi mente confundida entre la noche, el fuego de las antorchas, el olor a sangre y a polvo.

Gritaba bajo la mordaza, mis ojos comenzaron a llorar y a mirar desesperada hacia el sitio donde presentía que estaba Elliot.

Pero el enorme carruaje era una barrera que les daba una excelente cobertura y pronto las tinieblas de los árboles nos tragaron.

—Maldición, deja de resistirte, estúpida mujer —me habló una voz entre dientes, sus manos se aferraban a mis brazos como garras de un halcón a su presa.

Dolía, pero no paraba de arrastrar los pies, de hacer peso muerto, no los seguiría como mansa paloma.

—Tómale las piernas, llevémosla cargada, ¡vamos, carajo! El Duque se dará cuenta en cualquier momento de que falta —ordenó el otro y comenzaron a manipularme.

Por instinto, y como mismo había aprendido a defenderme en el pasado, subí las uñas y lo ataqué en su cara, buscando sus ojos, abriendo surcos en su piel.

—¡Aahh!

319. SECUESTRO 1

319. SECUESTRO 2

319. SECUESTRO 3

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