KATHERINE
Me recibió un huerto en la entrada, pero las plantas estaban un poco escasas.
Subí la cabeza y contemplé la oscuridad como boca de lobo.
Apenas unas lucecitas próximas de otra casita, las colinas colmadas de árboles a lo lejos, los cercados de palos rústicos, la carretera polvorosa entrelazando todas las viviendas, la vida en el campo.
En medio de toda esa oscuridad, una silueta de repente se vino acercando.
Abrió la puertecita maltrecha del frente del huerto y avanzó por el camino de piedras. Era Elliot.
—Rossella, ¿por qué saliste? Hay frialdad —me dijo acercándose enseguida.
—Te estaba esperando, ¿estás bien? —le pregunté dando algunos pasos hacia él.
Su expresión seguía seria e incómoda.
—Fui a ver el pueblo. Es… indescriptible —me dijo rechinando los dientes, su rostro lleno de ira mortal.
—. Son las fronteras y es obvio que están siendo controladas por otra persona. Me siento como un inepto.
“Bueno, eso no te lo voy a discutir, Duquesito” pensé y callé sabiamente.
—Lo resolverás, todos nos podemos equivocar alguna vez —subí la mano y lentamente me acerqué a su rostro, mis dedos cautelosos acariciaron la línea dura de su mandíbula.
Lo miré con ojos de becerra enamorada, como haría Rossella. Él bajó la cabeza y me devolvió la mirada.
Al menos no me rechazó.
—El agua está lista. Oh, caramba… disculpen si interrumpo… —la voz cantarina de la señora Nora se escuchó a mi espalda.
Me separé de inmediato y el Duque dio un paso atrás.
—No interrumpe nada. Usted dijo… ¿el agua? —preguntó, y así comenzó la preparación de la tina para darnos un chapuzón.
El cuarto de baño quedaba en una caseta de madera algo separada de la casa principal, retirada, en el patio trasero.
Era una tina redonda de madera, rústica, pero bien robusta.
Tomé las cosas que me pasó la señora Nora tan amablemente: las hierbas para el baño y cambiar el vendaje, y me quedé a un lado viendo al Duque cargar los baldes para llenarla.
La camisa que llevaba era del señor Aldo, más holgada, y con cada movimiento sus fuertes y tonificados músculos sudados se mostraban de refilón.
Me lo comí con los ojos, para qué negarlo.
No me costaría nada consumar con mi esposo si estaba apetecible por todas partes.
El bulto en su bragueta me decía que gozaría demasiado.
—Bien, listo, puedes entrar con calma… —me dijo, secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa.
Estábamos solos en el patio, acompañados por los sonidos de los animales nocturnos, en el bosque detrás de la alta cerca de troncos.
Los dueños de la casita ya descansaban.
—Espera —lo tomé del brazo cuando hizo por alejarse—. Elliot, te puedes bañar conmigo, aprovechemos el agua. No es nada raro en un matrimonio.
Me acerqué a él, pegando un seno contra su brazo, observándolo intensamente, batiendo pestañas.
Debo admitir que esto de la seducción no era lo mío.
—Puedo aprovechar luego tu agua. Báñate con cuidado, no te mojes la herida. No llené la tina hasta arriba —se soltó de mi agarre y simplemente se fue a regresar el balde.
Di un pisotón en el suelo, frustrada.
Entré a la pequeña habitación llena de vaho y la niebla de agua caliente.
La tina calentita, donde cabíamos los dos bien apretaditos.
¡Todo era perfecto para violármelo o al menos para calentar un poco a ese hombre de corazón frío!
Pero él se negaba. Dejé las ropas sobre unos ganchos clavados en la pared de madera.
Comencé a desnudarme, frustrada.
Esa esencia hechizante de lavanda, me golpeó como un trueno.
—Elliot, lo lamento, de verdad creo que me vas a tener que ayudar. Es difícil para mí con la herida —me dijo con voz baja, mintiéndome descaradamente.
Sabía muy bien que su herida estaba casi curada.
Se giró en mis brazos y ¡maldición!, llevaba agarrada las vendas contra el centro de su pecho con una mano, dejando esos dos enormes y deliciosos senos por completo expuestos.
—¿Me ayudas? —se inclinó sobre mí, los pezones erectos rozando con mis pectorales a través de la camisa.
Mis ojos se encontraron con los suyos, marrones intensos, lujuriosos y cachondos.
Mi polla dura como una piedra, empujaba por salir y penetrar dentro de esta mujer que era mi esposa.
No importaban mis sospechas ni mis rencores; ella era mi esposa ante los ojos de todos.
“Mi hembra”, recuerdo esas palabras que escuché en medio de mi desesperación.
No sé exactamente qué significan.
Nunca he entendido del todo el mundo de los hombres lobo, ni cómo liberar a ese supuesto lobo interior que llevo dentro.
Mi padre, que era el ser sobrenatural escondido, murió junto con mi madre en un accidente, sin explicarme nada claro, dejándome a mi suerte.
Siempre lo he reprimido por cautela y miedo a exponerme.
Pero ahora no había dudas: él la deseaba, y yo también.
—Yo… te ayudaré entonces… —respondí al fin, con la garganta seca, dejando de luchar contra mis impulsos, apartando todos los temores de mi mente.
Quería olvidar, aunque fuera por unos minutos. “Hazme olvidar, Rossella”
—Entonces, ¿te ayudo a desvestirte? —preguntó ella tomando los botones de mi camisa.
—Sí, desvísteme, esposa… tomemos ese baño juntos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...