KATHERINE
Nuestras respiraciones comienzan a volverse pesadas, apresuradas.
Siento las chispas saltando en el aire, el olor a excitación.
—Creo que… mejor veo si está lista la cena. La señora de la casa me dijo que faltaba poco, debes tener hambre.
Se levantó como un resorte, alejándose de la cama, dejándome ahí, inclinada como tonta, con los mofletes fruncidos, yendo hacia la vieja puerta de madera.
—¿No me revisarás la herida? —le pregunto con voz suave, según yo, seductora.
No me rendiría tan fácil.
—La señora Nora me dio unas hierbas medicinales, deben hacer efecto. Además, me dijiste que estabas bien —responde cortante, y sin darme chance a desplegar todos mis encantos, salió de la habitación.
—Maldito Duque, más tieso y remilgado. Pero lo que no sabes es que las locas tienen ideas fijas y no voy a parar hasta concebir a tu heredero —susurré pensando en todas las trampas para aprovechar que ahora, forzadamente, estaríamos juntos.
*****
Más tarde tuve la oportunidad de salir con un chal sobre el vestido de casa y conocer a la pareja de esta humilde casita.
Tenían también dos niños adorables.
Un varoncito y una hembra que no salió de la habitación porque estaba enfermita.
Comimos los adultos en una pobre mesa, el caldo en los cuencos era un agua turbia con verduras.
Y no es que hubiese suciedad, la señora se notaba muy limpita, era la escasez tan extrema.
La verdad, sabía de la situación humilde de algunos pueblos, pero nunca presencié esta situación tan decadente.
Noté a Elliot también un poco tenso.
Le preguntó sutilmente a la pareja por qué el pueblo vivía tan pobre.
Creo que confió demasiado en sus administradores.
—Antes no era así, pero desde hace unos años empezó y empeora cada vez más. Nos hemos cansado de enviarle reclamos al Duque y le importan una mierd4 —el hombre de la casa dio un golpe en la mesa, enojado.
—¡Aldo…!
—¡Es cierto, Nora! Nos matamos trabajando para llenarle sus arcas. Lo único que pedimos es un poco de grano para sobrevivir, y cada vez rebajan más las cuotas para los jornaleros —exclamó indignado.
— Es que caen plagas.
— ¡Eso es un invento también, toda mi vida trabajando la tierra y no había visto una plaga tan rara!
Mientras ellos discutían, miré de soslayo por debajo de la mesa, donde el puño de Elliot se apretaba con fuerza, los músculos de su mandíbula marcados.
Por todos los cielos, espero que no se delate.
—La ayudo a lavar los trastes.
Terminamos la cena algo incómoda y me levanté para ayudar a la señora Nora.
—Oh, no, querida, deja, estabas muy débil, descansa. O mejor, voy a decirle a Aldo que caliente agua y se pueden dar un buen baño en la tina con plantas medicinales. Es lo mejor —respondió, expulsándome de la cocina.
No insistí y fui hacia la habitación, sin embargo, nada más entrar y sentarme en la cama, ya me aburría.
El camastro era estrechito y duro, solo decorado con un arcón viejo en la esquina, no había nada que hacer.
Abrí la puerta despacio y salí a hurtadillas a la salita.
Murmullos se filtraban por la puerta que daba a la cocina.
—… revisé su ropa. Aunque estaba sucia y rota, se nota de buena calidad. Quizás son nobles. ¿Cómo se te ocurre quejarte así? —la señora Nora seguía regañando a su marido.
—… bueno, pensé… estaba seguro de que el hombre era de nuestra gente. ¿Viste cómo se puso en el río…?
—Él no lo admitió con tu indirecta casi directa. Quizás te equivocaste, o no confía en nosotros, y es lo más sensato de su parte. No podemos llamar la atención, Aldo…
—… lo dice la que me pidió rescatarlos —bufó, y dejé de espiarlos para que no me descubrieran.
No entendía del todo sus palabras, así salí por la puerta entreabierta de la sala.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...