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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 333

NARRADORA

—Rápido, con esta barca cruzan el tramo este del río y vas a llegar a la aldea vecina. Busca a Joaquín, en la única posada que hay. Debe de estar al salir su caravana de comercio. Dile que vas a mi nombre…

Aldo le daba instrucciones apresuradas mientras desataban los nudos de las amarras y se preparaban para empujar el pequeño bote por la rampa hasta el agua.

Amparados dentro de la vieja caseta del embarcadero, Katherine los miraba nerviosa, a penas bajando un poco las revoluciones de su respiración acelerada por la carrera suicida.

Por todos los cielos, estos hombres no parecían que llevaban más de media hora corriendo como perros locos por el bosque y ella estaba a punto de escupir los pulmones.

Y eso que llevaba sangre de ser sobrenatural, que si no…

—Empujemos. —Con un golpe seco y el chapoteo del agua, la barca cayó sobre los límites del río.

Solo faltaba darle el empujoncito para que descendiera por la rampa.

Katherine fue a ayudarlos; entre los tres sería más rápido.

De repente, Elliot a su lado se quedó rígido.

Miró a su espalda, a la entrada oscura del anticuado embarcadero, y sin previo aviso la tomó de la muñeca y la empujó hacia una esquina oscura donde había unos barriles.

—¡¿Quién está ahí?!

A la vez se escuchó la voz enojada de un hombre y la lucecita de una antorcha en la mano de un señor mayor que entraba con cara de pocos amigos.

—Tranquilo, es aliado —Aldo aclaró dando un suspiro.

Todos tensos y ansiosos, la atmósfera estancada.

—Viejo, soy yo… —le dijo y se acercó a hablar en voz baja con el hombre.

Katherine hizo por salir de su escondite en cuclillas detrás de los barriles, pero sus ojos se cruzaron con los de Elliot en medio de la escasa luz y este le hizo una señal de “no” sutilmente.

Continuó escondida, hasta que después de unos minutos Aldo se acercó a ellos.

—No teman, ya negocié. Es el barquero. Él los llevará a salvo hasta la otra orilla —le dijo en voz baja a Elliot, pero Katherine los escuchaba.

—¿Pero te pidió un pago? ¿Cómo le vas a dar más de tu grano?

—Es tontería, solo apenas un poco…

—No, toma esto, igual te lo iba a dar por nuestros gastos. —Elliot se sacó del bolsillo interno un anillo macizo de oro con una piedra de rubí.

Era muy valioso y se podía vender por una pequeña fortuna en monedas de oro.

—Vamos. —Katherine se dejó tomar la mano por la otra más grande de Elliot.

Durante toda la carrera y este escape apresurado, no dejó de notar el detalle del cambio en la actitud del Duque.

La había protegido siempre, nunca la dejó atrás.

Algo desconocido se extendía por el pecho de Katherine; no estaba acostumbrada a ser cuidada por ningún hombre de esta manera.

—Elliot, le diste a Aldo algo valioso y no creas que lo vi mal, pero… ¿y si tenemos que pagar más cosas? —frunció el ceño confesando sus preocupaciones.

Ambos caminaban de la mano, intentando pasar desapercibidos por un camino en medio de un sembradío de altas espigas de trigo.

Antes de que Elliot pudiese decirle que se guardó los gemelos de oro que llevaba, se asombró por lo que hizo Rossella a continuación.

—¡Ah, es cierto, me queda esto! —se soltó de su mano para rebuscar dentro de su escote donde había metido un viejo colgante que encontró entre las cosas dejadas por su padre.

Le parecía que había sido de su madre por las iniciales grabadas en relieve en la piedra de ópalo negro, por eso se lo había quedado.

Cuando Elliot la vio sacarse el colgante con piedra negra, que no parecía muy valiosa, sin embargo, para él significaba su condena, se quedó rígido.

¿Rossella de verdad le estaba entregando este artículo mágico con que su padre lo chantajeó?

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