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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 332

NARRADORA

Elliot no entendía lo que significaba. Sin embargo, lo imitó.

—Lo juro por mi vida, moriré cruelmente si incumplo mi promesa —aseguró, palmeando con su puño el corazón.

Elliot sabía que este hombre era un ser sobrenatural, se lo había insinuado de tantas maneras.

Entendía que Aldo sospechaba también de él, al parecer mostró algo cuando lo rescató en el río, pero no se atrevía a preguntarle, a abrirse, porque él no era cualquier persona.

Él era el Duque y tenía demasiado que perder. Nadie lo estaría chantajeando de nuevo.

No era lo mismo sospechas que afirmación.

Aldo entró a la casa a descansar con su familia.

Elliot suspiró mirando hacia el pasillito que llevaba al patio.

Fue en esa dirección para vaciar la tina y recoger el baño del que escapó como un cobarde.

Al abrir la puerta con un chirrido bajo, se encontró en las penumbras de la fría habitación.

Rossella había dejado todo ordenado y seco.

Solo la tina mantenía el poco de agua que quedó después de haberla salpicado todo afuera con su encuentro apasionado.

El olor a ella, a sexo ardiente, aún flotaba un poco en el aire, calentándole la sangre y vibrando en sus memorias.

Elliot ocupó su cabeza en el acto mecánico de vaciar el agua, aprovechó para tirarse un poco por encima y quitarse el sudor y la suciedad del bosque.

Como una hora después, entró en el pequeño cuarto que compartirían.

Los rayos del astro nocturno entraban por las rendijas de la vieja ventana de madera.

El Duque se acercó con cautela, paso a paso, escuchando la respiración constante y los suaves ronquidos.

Se quitó los zapatos, levantó una esquina de la raída cobija y se acomodó con suavidad detrás del suave cuerpo.

La camita era estrecha; enseguida, la espalda de Rossella estuvo pegada a su pecho, sus nalgas rozando con su entrepierna, su nariz metiéndose entre las hebras de ese cabello castaño para olerla profundamente en la nuca.

Casi gruñe de placer con la lavanda inundando sus sentidos.

Elliot odiaba dormir con alguien.

No lo hacía con sus amantes, ni siquiera con Brenda, con la que más había durado, porque ambos ocultaban un secreto.

Sin embargo, su mano rodeó la estrecha cintura como si tuviese vida propia.

Haló posesivamente a Rossella para fundirla con su cuerpo, piel con piel, acariciando su vientre por encima del batón, intentando calmarse con su suave aroma.

“…no, no me toques calienta bragas… eso no se hace… Duquesito malo… malo…”

Elliot sonrió en la oscuridad al escucharla indignada, balbuceando entre sueños.

—¿Qué me estás haciendo, mujer? Si esto es un hechizo… te está funcionando demasiado bien…

Le hizo señas a su mujer de que se acercara a él, la ocultó detrás de la puerta y abrió en una rendija.

—¿Qué sucede, Aldo? —vio enseguida el rostro fruncido del hombre. Algo había sucedido.

—Tienen que marcharse enseguida. Parece que los están buscando en el pueblo. Tomas vino a avisarme. Unos guardias dicen estar rastreando a unos nobles que tuvieron un accidente. Fueron a revisar su casa. Pronto llegarán aquí —le dijo Aldo de carrerilla.

Se salvaron solo porque esta era una de las viviendas más alejadas del pueblo, pero era solo cuestión de minutos.

— A menos que creas que son de tu gente buscándolos …

— No, no, debemos irnos. Rossella, vístete enseguida. Nos vamos. Aldo…

—Yo los saco del pueblo, no te preocupes.

—Gracias, gracias por todo —le dijo Elliot con toda la sincera gratitud que sentía por este hombre y su familia.

Ya se los pagaría luego y con creces.

Enseguida se pusieron su ropa zurcida pero limpia.

Se despidieron a susurros y, apresuradamente, de Nora. Los niños dormían en su habitación.

Mientras salían por la puerta del patio, comenzaron a llamar con voces autoritarias desde el frente.

—¡Váyanse de una vez! Yo los detengo. Ve, ve…

Nora los empujó, besando a su marido, hablándole en la mente para tranquilizarlo y corriendo a entretener a esos hombres para darles tiempo de escapar por el bosque.

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