NARRADORA
—¿Qué? ¿Crees que no lo aceptarán como pago? —lo miró con ojos preocupados e incluso inocentes.
Elliot observó en las profundidades de sus orbes.
Parecía sincera, nada de trampas o artificios.
Cada vez estaba más convencido de que esta no era su esposa original, y ahora resultaba más que evidente que esta mujer, idéntica a Rossella, no conocía su secreto.
—Sí, creo que sí sirve. —Extendió el brazo hasta con dudas, pensando en que a último momento ella se arrepentiría.
Su corazón dio un vuelco cuando ella le puso el colgante mágico en la palma de la mano.
—Bueno, lo dejo entonces a tu resguardo.
—¿No es un artículo importante para ti? —sondeó, pero guardándolo enseguida en su cuerpo.
No pensaba entregarlo más, de hecho, lo destruiría por completo.
—Bueno, no mucho, creo que perteneció a mi madre, ni siquiera la conocí. En todo caso, los vivos deben buscar la manera de seguir viviendo —le dijo Katherine sin darle mucha importancia al asunto.
Y mucho menos darse cuenta de que acababa de entregar la única prueba que le podía servir para mantener al Duque bajo su control.
Elliot volvió a tomarle la mano con mucha más fuerza mientras salían a la calle llena de barro de la aldea.
El sol ya estaba despuntando detrás de las colinas y los gallos anunciando el amanecer.
Cuando llegaron a la posada, el relincho de caballos, un traqueteo y el sonido de voces en la parte de atrás llamó su atención.
Al caminar por la estrecha callejuela hasta donde deberían estar los establos, vieron a un grupo de hombres y mujeres cargando baúles, sacos y pacas de heno en varias carretas.
Un hombre al frente les daba órdenes a otros dos fortachones que parecían sus empleados.
—Espérame aquí. —Katherine asintió ante la orden del Duque y esperó a un lado, intentando pasar desapercibida.
Por suerte, su ropa zurcida por Nora y algo raída en algunos sitios los camuflaba más o menos de los ojos curiosos.
Observó a Elliot hablando con el encargado.
Estaba de espaldas a ella, pero supo que le negociaba los puestos en sus carretas que iban hacia la capital del ducado.
Por mucho que intentaba pasar como plebeyo, el imponente pelinegro tenía aires de noble por todos lados: su ímpetu para hablar, su tono dominante, siempre como si diera órdenes.
Katherine esperaba que lo pudiese lograr.
Si el comerciante supiera que estaba regateándole al mismo Duque, se iba a quedar tieso ahí mismo.
Elliot se giró señalándola, y el tal Joaquín le dio una mirada rápida.
Luego continuaron la charla.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...