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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 144

Víctor sintió que le faltaba el aire, como si hubiera recibido un golpe físico directo en el pecho.

Se acomodó en el asiento trasero de la camioneta blindada, sosteniendo a Mattias contra su cuerpo.

El trayecto por las calles de la ciudad parecía irreal, un escenario borroso que pasaba tras los cristales oscuros.

El niño, de apenas dos años, lo miraba con sus enormes ojos curiosos. De pronto, el pequeño levantó una manita y tocó la mandíbula tensa de Víctor.

—Pa... pá —balbuceó el pequeño, con esa voz dulce y torpe de quien apenas está descubriendo las palabras.

A Víctor se le hizo un nudo apretado en la garganta y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Lo miró con profundo desconcierto.

Ese niño que sostenía en sus brazos, por el que había peleado en los tribunales, el mismo niño por el que estuvo a punto de perder a Amanda en el pasado... no llevaba ni una sola gota de su sangre.

Era el hijo de una desconocida, la pieza central de un engaño asqueroso.

Sin embargo, el calorcito de su cuerpo y la forma natural en que se aferraba a su camisa le removían todo por dentro, destrozando su lógica.

El trayecto hasta la mansión se le hizo eterno.

Cuando por fin cruzó la enorme puerta de madera con la pañalera colgada en un hombro y el niño aferrado a su cuello, el silencio del hogar lo recibió.

Caminó hasta la sala y encontró a Amanda.

Ella estaba recostada en el sofá, descansando un poco debido al peso del embarazo, pero al verlo entrar en ese estado, se sentó de golpe.

—Víctor... ¿y ese niño? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos por la sorpresa.

—Es Mattias —susurró él, con la voz apagada, casi sin fuerzas.

Amanda se puso de pie lentamente, confundida.

Miró al pequeño, que ahora escondía el rostro adormilado en el cuello de Víctor, y luego a su esposo, notando lo pálido y genuinamente destruido que se veía.

—¿Qué pasó? ¿Por qué está contigo? —preguntó ella, acercándose despacio, notando la vulnerabilidad en el hombre que siempre se mostraba invencible.

Víctor soltó un suspiro muy pesado y se dejó caer en uno de los sillones individuales, acomodando a Mattias en sus piernas.

—¡Míralo! —lo interrumpió ella, con voz suave pero inquebrantable—. Es solo un bebé inocente. Él no tiene la más mínima culpa de lo que hizo Melissa, ni de las decisiones de su verdadera madre. Él no sabe de mentiras, solo te conoce a ti.

Víctor bajó la mirada, tragando grueso, incapaz de contradecirla.

—Si lo entregas a las autoridades, lo van a meter en el sistema público —continuó Amanda, con la voz temblando por la emoción—. Lo llevarán a un orfanato frío. Pasará de una casa de acogida a otra, como si fuera un problema que nadie quiere resolver. Posiblemente lo pierdas para siempre y él crecerá con el corazón roto, creyendo que fue abandonado. ¿De verdad vas a condenar a este chiquito a esa vida de soledad?

Víctor cerró los ojos y, rindiéndose por fin ante todo el dolor del día, dejó que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.

En el fondo, sabía perfectamente que Amanda tenía razón.

Él había criado a ese niño, le había preparado biberones en la madrugada, lo había consolado cuando lloraba. La ciencia no era lo que lo hacía su padre.

—Yo... yo lo amo, Amanda —confesó Víctor, con la voz ahogada en llanto—. Me duele en el alma saber que toda mi vida cuando él nació de una mentira, pero no puedo dejar de quererlo.

Amanda le sonrió con una inmensa ternura y, estirando la mano, le acarició el cabello suave al niño dormido.

—Entonces no lo sueltes. El amor que le tienes es completamente real, eso nunca fue una mentira. Se quedará aquí, en su casa, con nosotros. Crecerá jugando con su nueva hermanita y le daremos el hogar lleno de verdad y amor que Melissa le robó.

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