La luz de la tarde entraba por los inmensos ventanales de la mansión Grimaldi, dándole un tono cálido a la sala de estar.
En el centro de la alfombra, el pequeño Mattias jugaba concentrado con un par de muñecos, completamente ajeno a la tormenta que había sacudido su vida.
Amanda lo miraba desde el sofá con una taza de té humeante entre las manos.
A su lado estaban Adriana y Lucía, quienes habían corrido a la mansión en cuanto se enteraron de todo el caos.
—Todavía me cuesta creer que Melissa haya sido capaz de comprar a un bebé como si fuera un objeto —murmuró Adriana, negando con la cabeza con evidente aversión.
—Es un monstruo —suspiró Amanda, acariciándose el vientre—. Víctor está decidido a que lo criemos nosotros, y yo lo amo como si fuera mío, pero... tengo terror, chicas. ¿Qué pasa si el Estado nos lo quita por no ser tener sangre? ¿Qué pasa si lo mandan a un orfanato mientras investigan el delito de Melissa?
Lucía, que hasta ese momento observaba a Mattias con ternura, se acomodó en el sillón y adoptó su postura profesional.
—Tranquila, Amanda. Para eso me tienes a mí —dijo Lucía con una seguridad inquebrantable—. Como abogada, te digo que tenemos todas las de ganar. Primero, vamos a solicitarle al juez una "custodia temporal de emergencia", alegando el bienestar superior del niño, dado que la mujer que lo registró cometió fraude y enfrenta cargos penales graves.
—¿Y luego? —preguntó Amanda, con una chispa de esperanza en los ojos.
—Luego iniciamos un juicio rápido para anular la maternidad de Melissa. Como ella falsificó los documentos, sus derechos sobre él no existen. Paralelamente, Víctor y tú meterán la solicitud de adopción plena. Demostraremos que Mattias ya tiene un vínculo afectivo con Víctor, que él es la única figura paterna que conoce y que ustedes le ofrecen un entorno seguro, estable y lleno de amor. Ningún juez en su sano juicio lo sacaría de esta casa para meterlo en el sistema público. El niño se queda con ustedes, te lo prometo.
Amanda soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y se inclinó para abrazar a su amiga.
—Gracias, Lucía. No sabes el peso inmenso que me acabas de quitar de encima.
***
Mientras tanto, en la clínica, el ambiente era tranquilo.
Valeria estaba de pie frente al enorme cristal de la Unidad de Cuidados Intensivos, enterrada como un clavel.
Acababa de salir de su visita de cinco minutos, pero Daniel no había abierto los ojos.
Su pecho subía y bajaba al ritmo acompasado del respirador, con el torso vendado y rodeado de cables.
Víctor se acercó por el pasillo, sosteniendo dos vasos de café. Al ver a la arquitecta tan pálida y con enormes ojeras, le tendió uno.
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