Valeria cruzó la puerta de la habitación de cuidados intensivos pisando tan suave que parecía flotar.
Se había lavado la cara y cambiado de ropa en su apartamento a la velocidad de la luz, pero el nudo en el estómago no la dejaba en paz.
Esperaba encontrar a Daniel igual que hace una hora: pálido, sedado y conectado al molesto ruido de los monitores.
Pero al levantar la vista, se topó de lleno con un par de ojos oscuros que la miraban fijamente desde la cama.
Daniel tenía la mascarilla de oxígeno a un lado de la almohada.
Lucía ojeroso, pálido y tenía el torso envuelto en gruesos vendajes blancos, pero esa sonrisa torcida e insoportablemente arrogante estaba intacta en su rostro.
—Si me sigues mirando con esa cara de enamorada me vas a subir la presión, arquitecta —murmuró él, con la voz ronca y rasposa, pero cargada de burla.
Valeria dio un respingo, soltando un pequeño jadeo.
Sintió que las rodillas le temblaban y que el alma le volvía al cuerpo. Acortó la distancia hasta la cama casi corriendo, olvidándose por completo de las reglas de silencio del hospital.
—Despertaste —susurró ella, agarrándose de la baranda metálica. Los ojos se le llenaron de lágrimas que ya no podía ni quería contener—. Eres un completo imbécil, Daniel. ¿Qué demonios estabas pensando al lanzarte frente a Víctor de esa manera? ¡Casi te matan!
Daniel intentó acomodarse en la cama para verla mejor, pero una punzada aguda en el pecho lo hizo detenerse con una mueca de dolor.
—Tranquila, tesorito... —jadeó un poco, cerrando un ojo—. Todo era parte de mi plan maestro. Sabía que si me metían un plomazo, por fin ibas a dejar de hacerte la difícil y vendrías corriendo a llorar por mí.
Valeria soltó una mezcla extraña entre un sollozo y una risa nerviosa.
Se secó una lágrima sediciosa que le corría por la mejilla y se cruzó de brazos, intentando recuperar su postura de mujer inalcanzable, aunque estaba fallando miserablemente.
—Estás delirando por los medicamentos. Yo no vine a llorar por ti, vine a asegurarme de que no dejaras el nuevo proyecto a medias —le reclamó, con la voz temblorosa haciéndola quedar en evidencia.
Daniel soltó una risa seca, que inmediatamente se convirtió en una tos ahogada. Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza.
—Ay, carajo... no me hagas reír que siento que se me botan los puntos —se quejó él, llevándose la mano sana al pecho vendado—. Pero no te hagas la loca conmigo, Valeria. Víctor ya me fue con el chisme.
Ella frunció el ceño, sintiendo que el calor le subía a las mejillas.
—¿Qué chisme?
—Que mientras yo estaba aquí, debatiéndome heroicamente entre la vida y la muerte, aprovechaste que estaba inconsciente para robarme un beso. Eres una abusadora de hombres indefensos.

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