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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 148

La madrugada era helada. Una neblina densa y turbia cubría la zona industrial a las afueras de la ciudad, dándole al muelle abandonado un aspecto fantasmagórico.

Víctor bajó de la camioneta negra antes de que el motor se apagara por completo.

Llevaba un chaleco táctico sobre la camisa oscura y una Glock 9mm en la mano derecha. El seguro del arma ya estaba quitado.

La sangre le latía con furia en los oídos.

El frenesí del momento le recorría cada músculo del cuerpo.

Hoy se acababa todo. Hoy iba a capturar a Alexander Donovan por haberse atrevido a tocar a los suyos.

Rodrigo, su jefe de seguridad, se paró a su lado y le hizo una seña a los doce hombres fuertemente armados que los acompañaban.

Todos se movieron en completo orden, rodeando la vieja bodega de ladrillos desgastados. El informante había jurado por su vida que Donovan llevaba dos días escondido allí.

—Entramos por tres frentes —ordenó Rodrigo en un susurro áspero por la radio—. Nadie dispara a menos que sea necesario.

Víctor asintió.

Se acercó a la puerta principal de metal oxidado, levantó una bota y pateó la cerradura con una fuerza brutal.

La puerta cedió con un chirrido espantoso, golpeando contra la pared interior.

—¡Despejado por la derecha! —gritó uno de los escoltas.

—¡Izquierda limpia! —avisó otro.

Víctor avanzaba con la respiración pesada, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Algo andaba muy mal. No había guardias.

No había movimiento. No había ni un solo ruido más allá de sus propias pisadas.

Llegó hasta el fondo del almacén, donde había una pequeña oficina con paredes de cristal sucio. Pateó la puerta y entró con el arma en alto, apuntando a todas partes.

Vacío.

La oficina era un asco, pero en el centro exacto de un escritorio metálico viejo había una pequeña lámpara de pila encendida.

Su luz amarilla iluminaba un único objeto: un sobre manila de tamaño carta, perfectamente alineado en medio del polvo.

Víctor bajó el arma lentamente. El estómago se le revolvió con un presentimiento asqueroso. Rodrigo entró detrás de él, con el ceño fruncido.

—No hay nadie, señor. El lugar lleva días vacío —informó el jefe de seguridad, mirando a su alrededor con frustración—. Fue un falso positivo.

—¡Hijo de perra! —rugió, pateando la silla de metal, que salió volando hasta chocar contra los cristales sucios.

Rodrigo dio un paso al frente, tenso, viendo a su jefe perder los estribos como pocas veces lo hacía.

—¿Qué pasa, señor? ¿Qué dice ahí?

—¡Es una maldita trampa! —bramó Víctor, pasándose las manos por el cabello, consumido por una rabia ciega—. ¡Ni siquiera está en el país! ¡Se largó a algún lugar del caribe! Nos usó como idiotas para sacarme de la casa y dejarme claro que sus hombres siguen rondando a Amanda.

Rodrigo tomó las fotografías del suelo y maldijo por lo bajo al ver la claridad de las imágenes.

—Esto fue tomado desde los cerros del sur, a unos tres kilómetros de la mansión.

Víctor se giró hacia él, con los ojos inyectados en sangre. Su instinto protector estaba encendido al máximo nivel.

—¡Quiero a toda la ciudad blindada ahora mismo, Rodrigo! —ordenó con voz de trueno—. Dobla el perímetro de seguridad en la mansión, en la empresa y en la clínica donde está Daniel, ¿quedó claro?

—Entendido, jefe. Llamaré a los refuerzos de inmediato —respondió Rodrigo, sacando su radio—. Rastrearé todos los vuelos privados y chárter hacia el caribe en las últimas setenta y dos horas. Cruzaré los datos de aduanas. Vamos a investigar país por país hasta encontrar el agujero exacto donde se metió.

Víctor miró una vez más las fotos arrugadas en su mano.

El miedo de perder a Amanda y a Mattias se transformó en venganza. Alexander Donovan acababa de cometer el peor error de su vida al jugar con la mente de un Grimaldi.

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