Víctor llegó a la casa de Melissa convertido en una fiera, bajó de la camioneta blindada antes de que el chófer terminara de frenar por completo.
Los escoltas intentaron seguirlo, pero él los detuvo con un gesto tajante. Quería hacer esto solo.
Empujó la puerta con tanta fuerza que la madera rebotó contra la pared. Entró como un huracán, destilando rabia.
—¡Melissa! —rugió, haciendo temblar los cristales de la sala.
Ella apareció cerca a la encimera.
Llevaba una bata de seda, el cabello perfectamente arreglado y una copa de vino tinto en la mano.
Lo miró primero con sorpresa y luego frunció el ceño con absoluto fastidio.
—¿Qué demonios te pasa, Víctor? ¿Se te olvidó cómo tocar el timbre?
Él acortó la distancia y se acercó a ella, tan cerca que Melissa tuvo que alzar la cabeza para mirarlo.
—Se acabó tu maldito juego. Recoge las cosas del niño de inmediato. Me lo llevo ahora mismo.
Melissa soltó una risa incrédula. Se cruzó de brazos, adoptando esa postura altanera y prepotente que tanto la caracterizaba.
—¿Perdón? Tú no te llevas a mi hijo a ningún lado. ¿Estás loco o qué te tomaste? Tenemos un acuerdo legal firmado por un juez. Tú mismo aceptaste las condiciones.
Víctor soltó una carcajada seca, amarga y sin una gota de gracia.
—¿Tu hijo? —espetó. Dio un paso al frente, acorralándola—. No te atrevas a llamarlo así nunca más en tu perra vida. Acabo de salir de la delegación de policía. Acabo de hablar con Jake.
La copa de vino resbaló de los delgados dedos de Melissa.
Se estrelló contra el suelo de con un ruido brusco, salpicando líquido rojo por todas partes. Su rostro palideció de golpe, perdiendo todo rastro de arrogancia.
—Yo... yo no sé de qué me hablas. No veo a ese tipo desde hace años. Seguramente te inventó estupideces para sacarte dinero.
—No me mientas en mi cara, maldita sea. No lo empeores —gruñó Víctor, agarrándola por los brazos con fuerza—. Sé perfectamente quién es Lorena. Sé lo que hiciste en ese hospital hace dos años. Sé que mi verdadero hijo murió y tú compraste a Mattias.
Melissa empezó a temblar.
El pánico le subió por la garganta y le cortó la respiración. Sus mentiras estaban expuestas bajo la luz más cruel.


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