Entrar Via

Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 18

Habían pasado dos días enteros desde el desastre en el despacho, dos días en los que Amanda le había aplicado la ley del hielo de una forma magistral.

El sol de la mañana pegaba con fuerza en las canchas de tenis del club privado. Víctor acababa de dar un raquetazo tan violento que la pelota casi vuela por encima de la cerca.

—¡Epa, bájale dos! Que estamos jugando tenis, no tratando de matar a nadie —se quejó Fernando, secándose el sudor de la frente con una toalla pequeña. Acababa de llegar de su viaje a Montreal y ya lo habían arrastrado a la cancha.

Los tres hombres dejaron las raquetas y caminaron hacia una mesa discreta, bajo la sombra de unos toldos, bien alejada de los oídos chismosos de los demás socios del club.

—Qué bueno que llegaste, Fer. De verdad te necesitaba —soltó Víctor, dejándose caer en la silla de hierro con un suspiro de puro agotamiento mental.

Fernando destapó una botella de agua y lo miró fijado.

—¿Me quieres explicar qué carajos le pasa a este loco, Daniel? Me fui unos días y regreso para encontrarlo convertido en un alma en pena.

Daniel se encogió de hombros, dándole un trago a su bebida.

—El karma, hermanito. Le llegó el karma con nombre y apellido: Amanda Borbón de Grimaldi.

Víctor se frotó la cara con ambas manos. Ya no le importaba ocultar su desesperación.

—Me estoy volviendo loco, Fernando. Llevo dos días sin que me dirija la palabra en la casa. Me cruza por los pasillos como si yo fuera un mueble más. Y lo peor... es que tampoco le ha escrito a Carlos. Estoy incomunicado por ambos frentes. La necesito, hermano. Me di cuenta de que estoy perdidamente enamorado de mi propia esposa, y la muy condenada me odia con toda su alma.

Fernando abrió los ojos a más no poder, procesando el tamaño del enredo, en se hallaba metido Víctor.

***

En la mansión, el celular de Amanda no paraba de sonar. Rápidamente lo tomo para responder:

—Amanda, por el amor de Dios, vamos al club —le rogaba Adriana por teléfono.

—No tengo ganas, Adri. Quiero quedarme acostada viendo televisión.

—¡Vamos, deja la flojera! Lucía logró escaparse del bufete y tú sabes que esa mujer tiene la agenda más apretada que pantalón de torero. Es un milagro que podamos coincidir las tres. Levántate.

Amanda soltó una carcajada y se rindió.

—Está bien, ganaste. Dame media hora.

Se levantó de la cama, decidida a sacudirse el mal humor.

Fue a su clóset y sacó un traje de baño espectacular: un diseño de dos piezas en color vino tinto que resaltaba su piel, acompañado de un pareo de malla negra que dejaba muy poco a la imaginación.

Se veía totalmente hermosa.

Al rato, llegó al área de la piscina del club. El ambiente era perfecto, el sol brillaba y sus dos amigas ya la estaban esperando con unos cocteles en la mano.

Se rieron, echaron chismes un rato y Amanda, sintiendo el calor de la tarde, decidió echarse un chapuzón para refrescar el cuerpo.

El agua fría le sentó de maravilla. Nadó un par de vueltas, sintiéndose ligera, pero al salir por las escalerillas, escurriéndose el agua del cabello, la paz se esfumó.

Frente a ella, bloqueando el paso, estaba Melissa. Llevaba a Mattias, el niño de dos años, cargado en la cadera, y la miraba con una expresión cargada de odio.

Sin darle tiempo a contestar, Víctor agarró a Melissa por el brazo y la empujó hacia la salida, no sin antes darle una mirada rápida a Amanda.

Apenas desaparecieron por el pasillo, Adriana y Lucía llegaron corriendo, seguidas muy de cerca por Daniel y Fernando, que venían con las raquetas en la mano.

—¡Amiga! ¿Estás bien? —preguntó Lucía, revisándola de arriba a abajo.

—Me hubieses pegado un grito para venir y romperle su mandarina en gajos a esa tipa y al imbécil de Víctor —masculló Adriana, tronándose los dedos.

Amanda sonrió de lado, relajando por fin los hombros.

—No hizo falta, Adri. Y, para sorpresa de todos, Víctor me defendió.

Daniel y Fernando se miraron las caras, tragando grueso ante el ambiente hostil de las amigas de Amanda.

Adriana se volteó hacia ellos y los señaló acusándolos.

—Y ustedes dos, que son una cuerda de alcahuetes y sinvergüenzas, ni se acerquen.

Fernando levantó las manos en señal de rendición, retrocediendo un par de pasos.

—Oye, Daniel, mejor nos vamos yendo a las duchas antes de que nos caiga el frutero a nosotros.

—Sí, hermano, vámonos corriendo —asintió Daniel, dando media vuelta—. Nosotros no tenemos vela en este entierro.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.