Cristina, negándose a aceptar el rechazo, se puso a la defensiva.
—Vania, será mejor que recuerdes cuál es tu lugar y dejes de usurpar el nombre de la empresa para engañar a la gente. Ahora estamos invirtiendo en Inteligencia Artificial, un tema del que no tienes ni la menor idea. ¿Por qué te entrometes?
>>El Profesor Zavala es la máxima autoridad en este campo. Si quieres conservar tu puesto, vete de aquí inmediatamente. Si Hugo se entera, las cosas terminarán muy mal para ti.
Aunque intentó mantener cierto grado de decoro, el tono agresivo de Cristina fue evidente para el profesor, cuyo rostro se endureció.
—Señora Figueroa, la señorita Zapata y yo estamos debatiendo precisamente sobre Inteligencia Artificial. De hecho, tengo toda la intención de convertirla en mi alumna exclusiva. ¿Tiene algún problema con eso?
Por un desliz, el profesor terminó revelando sus verdaderas intenciones.
Mientras tanto, Hugo había estado buscando a Vania por todo el salón sin éxito. Como Cristina llamaba tanto la atención, no tardó en divisarla, y frente a ella estaban Vania y el Profesor Zavala.
Por la postura de los tres, era obvio que había estallado un conflicto.
Hugo comenzó a caminar hacia ellos, lo que enfureció aún más a Cristina.
—Vania, no sé qué trucos baratos usaste para engatusar al profesor, pero sigues siendo empleada de Corporativo Alba. Ya viene Hugo, vas a tener que explicárselo a él.
Pero Vania no tenía ninguna intención de cruzar palabras con Hugo.
Miró al Profesor Zavala; al parecer, ella y ese hombre compartían algún tipo de historial que no recordaba.
Dio unos golpecitos ligeros contra el cristal de su copa: uno, dos, tres.
Se dirigió al profesor.
—Profesor Zavala, iré a buscar al señor Leal. Los dejo para que conversen tranquilos.
Y se alejó.
El profesor entendió el mensaje a la perfección.
Los tres toques a la copa eran una señal clara: significaba que hablarían a solas más tarde.
Lleno de júbilo, el profesor miró a Cristina con profunda molestia.
¿A quién se creía que intentaba intimidar?
Hugo llegó al grupo justo en el instante en que Vania volvía a desaparecer entre la multitud.
—Hugo... —lo llamó Cristina con voz melosa.
Al escuchar ese tono, el profesor frunció el ceño con asco.

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