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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 249

—Claro que lo recuerdo... —empezó a decir Natalia.

Pero, a mitad de la frase, su tono cambió abruptamente a uno de extremo recelo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Voy a divorciarme de Hugo —respondió Vania con franqueza.

—...

Pasaron varios segundos y Natalia seguía sin emitir palabra.

—¿Nati? —insistió Vania.

—Vani, sabes que la gente siempre aconseja tratar de salvar el matrimonio antes que destruirlo. Además, han pasado cinco años desde la firma de ese acuerdo, y la verdad, ya no recuerdo muy bien los detalles. Ya es muy tarde, necesito descansar. Deberías irte a dormir tú también, me muero de sueño...

—...

Vania se quedó con la clara sensación de que todos le estaban ocultando algo.

Era lógico que Hugo no quisiera abrir la boca, pero ¿por qué hasta Natalia evadía el tema?

Como si contarle la verdad supusiera una amenaza terrible para ella.

Pensó que la duda la mantendría en vela toda la noche, pero el pequeño que crecía en su vientre la tenía tan agotada que, apenas su cabeza tocó la almohada, cayó en un sueño profundo.

A media noche, una tormenta eléctrica azotó la ciudad.

Un rayo partió el cielo, iluminando Villa Ébano como si fuera de día.

Incluso los empleados de la mansión se despertaron sobresaltados.

Hugo, quien seguía trabajando en su laptop a altas horas de la noche, frunció el ceño al escuchar el estruendo.

Dejó la computadora de inmediato y se dirigió a la habitación de Vania para ver cómo estaba.

Abrió la puerta. Todo estaba sumido en la oscuridad.

Otro trueno ensordecedor sacudió la casa, seguido del crujido de un rayo, sonando como si una bomba acabara de detonar.

Al vivir en las afueras, rodeados de montañas, el estruendo fue brutal. Pero para asombro de Hugo, Vania no se inmutó en lo más mínimo.

Asustado, caminó rápidamente hacia ella.

La mujer mantenía los ojos fuertemente cerrados y, bajo la tenue luz de la noche, su rostro tenía un tono macilento.

La sangre de Hugo se heló. Con la mano temblando ligeramente, acercó sus dedos bajo la nariz de Vania.

Respiraba de forma regular. Todo estaba bien.

Hugo retiró el celular de Vania de entre las sábanas. La pantalla no se había bloqueado.

Esa extraña luz azul que reflejaba su rostro casi lo había matado del susto.

«¿Cómo puede tener un sueño tan pesado?»

Totalmente indignado, le dio unos suaves golpecitos en la mejilla, intentando despertarla.

El pánico que sintió hace un segundo casi le provoca un infarto.

Tenía ganas de sacudirla con todas sus fuerzas.

Con un clima tan espantoso, donde ni los perros podían dormir, a ella no se le movía ni una pestaña.

¿Era por culpa de Yago? Ja. Ella dormía en paz, mientras él no podía ni conciliar el sueño por la ansiedad.

Hugo fijó la mirada en la pantalla del celular de Vania. Había una foto de un bebé adorable y regordete.

No sabía de qué influencer era, pero se trataba de un recién nacido.

El rostro gélido de Hugo se llenó de un odio profundo mientras dejaba el teléfono en la mesa de noche.

Seguramente se había pasado la noche hablando con Yago y ya hasta tenían pensado el nombre del maldito niño.

A pesar de las veces que la molestó para despertarla, Vania no dio la más mínima señal de abrir los ojos.

Hugo no tuvo más remedio que rendirse.

Vania durmió profundamente hasta que la luz del sol inundó la habitación. Abrió los ojos, miró el techo y sintió que algo no encajaba.

Había soñado que un monstruo la observaba fijamente durante toda la noche.

Quería recordar el rostro del monstruo, pero su memoria era un borrón.

Se levantó confundida, pero al intentar concentrarse, el recuerdo simplemente se esfumó.

Hoy el jefe estaba demasiado raro.

Hugo asomó el brazo por la ventanilla, sosteniendo el cigarrillo.

Miguel creyó que el tema había quedado zanjado.

Pero, inesperadamente, desde el asiento trasero surgió otra pregunta.

—Si tú fueras Vania, entre Yago y yo, ¿a quién elegirías?

—...

En este tema, Miguel sí tenía autoridad para opinar.

Y respondió con una sonrisa de oreja a oreja.

—Definitivamente a usted, señor Yáñez.

Con una mano en el volante, comenzó a enumerar con los dedos de la otra, como si repasara un tesoro invaluable.

—En todos estos años, la señora lo ha llamado a su teléfono para vigilarlo cinco mil ochocientas sesenta y cuatro veces. Los ha seguido a usted y a la señorita Cristina veintitrés veces al mes. En cinco años, intentó suicidarse cuatro veces: se cortó las venas, tomó pastillas, intentó colgarse, y la más reciente fue cuando se lanzó del balcón. Además, respecto a sus visitas al hospital... Marta me contó en secreto que la señora iba para interrumpir su embarazo. Calculo que ha tenido al menos unos cinco abortos...

—Miguel, ¿qué acabas de decir sobre abortos?

Las pupilas de Hugo se contrajeron de golpe. ¿Vania se había provocado abortos?

¿Cinco veces?

¿Cuándo había pasado eso?

Miguel se dio cuenta de que había hablado de más y se calló de golpe.

Era la primera vez que Hugo escuchaba semejante revelación. Aparte de la sorpresa, sintió que algo profundo en su interior comenzaba a temblar.

—Habla. Quiero que me expliques todo lo que acabas de decir.

Miguel no se atrevía a abrir la boca.

Pero para salvar su propio pellejo y retrasar su ejecución, terminó escupiendo todos los secretos que Vania había guardado en los últimos años.

—Usted ordenó a Marta que le diera pastillas anticonceptivas a la señora, pero los métodos fallaban. La señora perdió a cinco bebés.

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