Todos en la mesa habían presenciado de primera mano cuánto mimaba Hugo a Cristina.
Habían sentido tanta envidia que ya estaban cansados de comentarlo en silencio.
—Vaya, no sabía que en su empresa los jefes y los subordinados podían forjar una amistad tan... íntima.
Hugo, quien había estado acompañando a su supuesta novia en un mutismo casi absoluto, finalmente rompió el silencio.
El tono cortante de su voz sobresaltó a todos los presentes.
Los altos mandos de ambas empresas lo captaron de inmediato.
El señor Yáñez y la vicepresidenta Cristina eran pareja.
Y, a juzgar por las apariencias, el señor Leal y la directora Zapata también lo eran.
La gran diferencia radicaba en que todos sabían que Vania estaba casada y tenía una hija.
Lo de ella con el señor Leal se consideraba una relación extramarital.
Cristina, por otro lado, era viuda y, en la sociedad actual, se la consideraba soltera.
El hecho de que estuviera con Hugo no generaba críticas. Por el contrario, muchos sentían empatía por lo tormentoso que debió haber sido su amor. Si terminaban juntos, la gente suspiraría de envidia y aplaudiría diciendo que el verdadero amor siempre triunfa.
Eran situaciones diametralmente opuestas.
Yago, sin embargo, no le dio ninguna importancia al tono sarcástico de Hugo.
Y decidió devolverle el golpe con sutileza.
—Bueno, la relación entre el señor Yáñez y la vicepresidenta Cristina también es bastante cercana, ¿no? La directora Zapata y yo somos jefa y subordinado, compañeros de trabajo y amigos. Pero su caso es distinto, señor Yáñez. Son familia; es decir, usted es el cuñado y ella la viuda de su hermano. Si lo dicen en voz alta, no suena muy bonito que digamos.
La mirada de Hugo se volvió afilada como un cuchillo, y de pronto, los camarones perdieron todo su sabor para Cristina.
¿Acaso Yago se había vuelto loco? Humillarla a ella y a Hugo en público solo para defender a Vania.
—Señor Leal, la última vez que cenamos con el Profesor Zavala, dejé muy en claro cuál era mi relación con Hugo —intervino Cristina, llena de arrogancia.
Su descaro le revolvió el estómago a Yago.
Él no solía atacar a las personas, pero detestaba las jugadas sucias.
—¿Ah, sí? Me encantaría saber entonces quién es la verdadera esposa del señor Yáñez, pero prefiero que él mismo lo diga.
Todos en la mesa dejaron de comer.
¡¿El señor Yáñez también estaba casado?!
Los presentes no daban crédito a lo que escuchaban.
Hugo arrojó el último camarón que acababa de pelar y se limpió las yemas de los dedos con una toallita húmeda.
Sus ojos reflejaban una turbulencia oscura y compleja, y su tono fue sumamente hostil.
—Mi vida privada no es asunto de nadie. No tengo por qué responder a eso.
Yago sonrió con calma.
—En ese caso, mi amistad con la directora Zapata tampoco está sujeta a la opinión de nadie. Señor Yáñez, en los negocios somos socios, pero fuera de esta mesa, cada quien por su lado.
El mensaje de Yago fue contundente:
«No te metas con mi gente, y yo no me meteré contigo».
Pero a los oídos de Hugo, aquello sonó como una descarada demostración de protección hacia Vania.
Recordó lo que ella le había dicho: que si de verdad estaba embarazada, el hijo no sería suyo.
Así que, si estaba encinta...
Seguramente el bebé era de Yago.
La tensión en la mesa se podía cortar con un cuchillo. Al notar el ambiente explosivo, los ejecutivos buscaron cualquier excusa para huir antes de haber terminado de comer.
Cuando dos gigantes chocaban, los simples mortales solo servían como carne de cañón.
El almuerzo concluyó en un ambiente desastroso.
Al subir al auto, Cristina apoyó suavemente su mano en el brazo de Hugo.


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