La pequeña confrontación con Hugo dejó a Vania alterada. La rabia se apoderó de ella, y la fuerte emoción le provocó unas náuseas repentinas. Corrió al baño y comenzó a vomitar incontrolablemente.
Hugo, que ya estaba a punto de irse, detuvo sus pasos al verla tan descompuesta.
Cuando Vania salió, pálida y exhausta, descubrió que él seguía allí.
—¿Estás enferma?
El rostro de Vania se endureció.
—No es asunto tuyo.
No entendía qué pasaba; si ambos se habían protegido, ¿cómo era posible que estuviera embarazada?
Hugo, que instintivamente había levantado la mano para ayudarla, la dejó a medio camino. Luego la retiró, clavando su mirada fría en el rostro de Vania. Después de unos segundos, soltó una risa burlona.
—Más te vale no tener ninguna sorpresita. Cada vez que te descuido, te las arreglas para cambiar tus pastillas anticonceptivas. Ya te lo advertí: no tendremos un segundo hijo.
Una furia inexplicable estalló en el pecho de Vania. ¿Quién se creía este tipo, un monarca? ¿Acaso pensaba que ella moría de ganas por darle un heredero para su trono de cristal?
La doctora Lozano ya le había advertido que los abortos recurrentes de los últimos cinco años eran culpa de ella misma por alterar sus métodos anticonceptivos, ya que Hugo no deseaba más hijos con ella.
Pero, ¿por qué lo habría hecho?
—¿Y por qué diablos haría yo algo así?
Su pregunta solo obtuvo un profundo desdén por parte de Hugo.
—Eso mismo me pregunto yo. Y esta no es la primera vez que intentas venderme este cuento. Ya van cinco veces que me sales con que estás embarazada, ¿y cuál fue el resultado?
De tanto gritar "ahí viene el lobo", Hugo ya estaba anestesiado.
La primera vez que Vania le había dado la noticia, él incluso había sentido una ligera emoción.
Esperó medio mes, tiempo en el que ella no le permitió tocarla con la excusa de los malestares típicos del embarazo, y él cedió.
Pero pasaron otras dos semanas, y ella volvió a buscarlo con desesperación.
Su vientre seguía plano. No había nada.
Ese supuesto embarazo no había sido más que una artimaña, y él, como un tonto, se lo había creído.
Al notar que Vania solo estaba un poco pálida pero no parecía tener nada grave, Hugo se maldijo internamente por haber dejado que ella volviera a jugar con su mente.
La fulminó con la mirada:
—Si de verdad estás esperando un hijo, deshazte de él. Estamos a un paso del divorcio y ya tienes a una niña. ¿Acaso quieres que Yago se convierta en tu basurero y cargue con dos bastardos que no son suyos?
¡Plaf!
Una sonora bofetada estalló en el rostro de Hugo. La marca roja de cinco dedos quedó impresa con nitidez sobre su tez blanca y pulcra, ardiendo de inmediato.
Las pupilas de Hugo se contrajeron, y los nudillos de sus manos crujieron al apretar los puños.
Vania, sin inmutarse ante esa mirada asesina, levantó la barbilla con altivez y lo desafió.
—No te preocupes. Si de verdad estoy embarazada, te aseguro que el hijo no es tuyo...
Dicho esto, le cerró la puerta en la cara con un fuerte portazo.
Hugo se quedó congelado, repasando cada una de sus palabras.

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