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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 247

La pequeña confrontación con Hugo dejó a Vania alterada. La rabia se apoderó de ella, y la fuerte emoción le provocó unas náuseas repentinas. Corrió al baño y comenzó a vomitar incontrolablemente.

Hugo, que ya estaba a punto de irse, detuvo sus pasos al verla tan descompuesta.

Cuando Vania salió, pálida y exhausta, descubrió que él seguía allí.

—¿Estás enferma?

El rostro de Vania se endureció.

—No es asunto tuyo.

No entendía qué pasaba; si ambos se habían protegido, ¿cómo era posible que estuviera embarazada?

Hugo, que instintivamente había levantado la mano para ayudarla, la dejó a medio camino. Luego la retiró, clavando su mirada fría en el rostro de Vania. Después de unos segundos, soltó una risa burlona.

—Más te vale no tener ninguna sorpresita. Cada vez que te descuido, te las arreglas para cambiar tus pastillas anticonceptivas. Ya te lo advertí: no tendremos un segundo hijo.

Una furia inexplicable estalló en el pecho de Vania. ¿Quién se creía este tipo, un monarca? ¿Acaso pensaba que ella moría de ganas por darle un heredero para su trono de cristal?

La doctora Lozano ya le había advertido que los abortos recurrentes de los últimos cinco años eran culpa de ella misma por alterar sus métodos anticonceptivos, ya que Hugo no deseaba más hijos con ella.

Pero, ¿por qué lo habría hecho?

—¿Y por qué diablos haría yo algo así?

Su pregunta solo obtuvo un profundo desdén por parte de Hugo.

—Eso mismo me pregunto yo. Y esta no es la primera vez que intentas venderme este cuento. Ya van cinco veces que me sales con que estás embarazada, ¿y cuál fue el resultado?

De tanto gritar "ahí viene el lobo", Hugo ya estaba anestesiado.

La primera vez que Vania le había dado la noticia, él incluso había sentido una ligera emoción.

Esperó medio mes, tiempo en el que ella no le permitió tocarla con la excusa de los malestares típicos del embarazo, y él cedió.

Pero pasaron otras dos semanas, y ella volvió a buscarlo con desesperación.

Su vientre seguía plano. No había nada.

Ese supuesto embarazo no había sido más que una artimaña, y él, como un tonto, se lo había creído.

Al notar que Vania solo estaba un poco pálida pero no parecía tener nada grave, Hugo se maldijo internamente por haber dejado que ella volviera a jugar con su mente.

La fulminó con la mirada:

—Si de verdad estás esperando un hijo, deshazte de él. Estamos a un paso del divorcio y ya tienes a una niña. ¿Acaso quieres que Yago se convierta en tu basurero y cargue con dos bastardos que no son suyos?

¡Plaf!

Una sonora bofetada estalló en el rostro de Hugo. La marca roja de cinco dedos quedó impresa con nitidez sobre su tez blanca y pulcra, ardiendo de inmediato.

Las pupilas de Hugo se contrajeron, y los nudillos de sus manos crujieron al apretar los puños.

Vania, sin inmutarse ante esa mirada asesina, levantó la barbilla con altivez y lo desafió.

—No te preocupes. Si de verdad estoy embarazada, te aseguro que el hijo no es tuyo...

Dicho esto, le cerró la puerta en la cara con un fuerte portazo.

Hugo se quedó congelado, repasando cada una de sus palabras.

Cuando trajeron un plato entero de camarones, él se tomó la molestia de pelarlos uno por uno y bañarlos en la salsa. Vania estaba segura de que, si no hubieran estado rodeados de tanta gente, él se los habría dado de comer directamente en la boca.

Cristina también siguió el juego. Recibía cada bocado con gracia y masticaba con elegante parsimonia. Vania observó la escena de reojo, pensando que alguien debería grabar eso para guardarlo como un recuerdo imborrable.

Tal vez, el día del divorcio, ese video le serviría de prueba.

Al ver a Hugo y Cristina exhibir su romance con tanto descaro, Vania comprendió que alguien con el estatus de Hugo no necesitaba ocultar con qué mujer elegía estar.

En otras palabras, aunque se acostara con ella frente a los ojos de toda la élite de la ciudad, nadie se atrevería a juzgarlo. Al contrario, muchas mujeres envidiarían a la afortunada que había logrado escalar hasta su cama, odiándose por no haber sido ellas.

Vania bajó la mirada y siguió comiendo. De repente, alguien depositó un trozo de carne estofada, perfectamente jugosa, en su plato.

El aroma de la carne casi la hizo agua la boca.

Ese plato estaba demasiado lejos de ella, y como Hugo estaba ocupado pelando camarones para Cristina, nadie se atrevía a girar la bandeja de la mesa. A Vania le había dado pereza estirarse para servirse.

—He notado que últimamente tienes muy buen apetito, y que te apetece mucho la carne. Come un poco más. El comedor cambió de chef; ahora la comida es más saludable y baja en grasas. Si te gusta, luego puedes pedir para llevar a casa.

Yago le sirvió otros dos trozos de carne. Vania sonrió en agradecimiento y, a su vez, le sirvió a Yago algunos camarones que estaban justo frente a Cristina.

—Recuerdo que al señor Leal le encantan los mariscos.

Los ejecutivos de su empresa ya estaban acostumbrados a esa interacción, pero los representantes de Corporativo Alba cruzaban miradas confusas, llenas de desdén e incredulidad. Yago, sin embargo, sintió la necesidad de aclararlo.

—La directora Zapata y yo somos muy buenos amigos fuera de la oficina. Esto no tiene nada de raro.

Hugo finalmente dejó de pelar camarones. El montón de cáscaras frente a Cristina había sido retirado; ella sola se había devorado dos tercios del plato.

Todos en la mesa sabían que a la vicepresidenta Cristina le fascinaban los camarones, por lo que nadie más se atrevió a tocar siquiera uno.

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