Después de hablar con Natalia, Vania se arregló a la velocidad de la luz, sin molestarse siquiera en desayunar.
Le aterraba la idea de que Hugo siguiera en casa. Si de casualidad veía las noticias en las redes sociales, se armaría un escándalo monumental.
Mientras llevaba a Luna Zapata a la escuela, la niña rompió el silencio.
—La maestra dijo que va a haber una reunión de padres. Mamá, ¿tú vas a ir?
Luna preguntó con mucha cautela.
En las reuniones anteriores, ni su mamá ni su papá se habían presentado; solo el tío Miguel iba a fingir que era su papá.
Pero esta vez, de verdad deseaba que su mamá estuviera ahí.
Vania le pellizcó suavemente la mejilla, mostrando una gran sonrisa.
—Si Lunita tiene una junta escolar, por supuesto que mamá va a ir.
Luna dio un grito de alegría, tan emocionada que casi no cabía en sí.
A Vania le picó la nariz, sintiendo ganas de llorar.
Ir a una reunión escolar era lo más normal del mundo, ¿por qué su hija reaccionaba como si fuera un milagro?
¿Acaso siempre había ignorado las necesidades de su pequeña en el pasado?
Vania dejó a su hija en el preescolar y, tras dudarlo un momento, condujo hacia Corporativo Alba.
Como era de esperarse, el hotel contiguo al edificio ya estaba repleto de gente desde temprano.
Algunas personas incluso llevaban enormes pósters de Nuno en alto.
A Vania se le heló la sangre.
Al ver semejante locura, pisó el acelerador y huyó de ahí.
Tal como había dicho Natalia, era un mar de gente.
Una vez que llegó a las oficinas de Grupo Nexo, sacó el asunto de su cabeza.
Mientras tanto, Hugo llegó a su empresa. Apenas se bajó del auto, fue rodeado por una multitud que no lo dejaba avanzar.
—¡Disculpe! ¿Es usted Nuno en persona o está haciendo cosplay? ¡Se ve exactamente igual!
—¡Chicas, es el mejor cosplay de Nuno que ha aparecido hoy! ¡Vamos a pedirle fotos!
Hugo casi nunca llevaba guardaespaldas a la empresa. Miguel, al ver la estampida, se asustó tanto que se escondió de vuelta en el auto.
Hugo frunció el ceño profundamente y las ventanas del vehículo subieron de inmediato.
Pero las fanáticas acérrimas del cómic estaban rebosantes de pasión, decididas a conseguir su objetivo a como diera lugar.
—Llama y averigua qué demonios está pasando —ordenó Hugo.
Lo habían perseguido paparazzis de revistas de negocios y moda, pero hoy, la mayoría eran mujeres hermosas de entre veinte y treinta años.
El propio Hugo empezaba a dudar de si algo andaba mal con él.

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