Si personas como Luna y Vania valían un Rolls Royce a los ojos de la abuela, su Xavier era el bisnieto mayor de los Yáñez.
Probablemente sería el único varón en el futuro.
Xavier era el heredero. La abuela debería tratarlo como a un rey y consentirlo más que a nadie.
Medio millón. Cristina bajó la mirada, sintiendo que los empleados a su alrededor se burlaban de ella en secreto.
A principios de año, el hijo del jardinero se había clavado un clavo en el pie y la abuela, sin pensarlo dos veces, le dio dos millones.
Cristina temblaba de coraje. La abuela actuó como si no lo notara.
—Xavier, dale las gracias a tu bisabuela.
Ella no pensaba dar las gracias; lo que acababa de hacer la abuela era un verdadero insulto.
¿Su hijo solo valía medio millón?
—Bueno, ya vete y ponle algo en esos golpes. Cómprale algo rico y dile que deje de molestar a Luna, para que no le vuelvan a dejar la cabeza llena de chichones.
El tono de la abuela era sumamente estricto.
Con el rostro pálido, Cristina se llevó a Xavier.
La abuela se dejó caer en su silla de caoba, temblando de furia.
Llamó por teléfono a la escuela. Al ver quién llamaba, el director contestó de inmediato.
—¿Acaban de expulsar a una alumna llamada Luna?
La abuela no podía creer que Cristina fuera tan cruel como para no perdonar a la hija de su propia hermana mayor; después de todo, además de hermanas, eran concuñadas.
El director respondió con cautela:
—Señora presidenta, ¿qué relación tiene con la alumna Luna?
Si la mismísima matriarca de los Yáñez se involucraba, el director sabía que no podía tomarlo a la ligera.
—Es mi bisnieta, ¡así que me la regresan ahora mismo!

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