Cuando Vania recibió la llamada de la abuela, Yago le estaba mostrando unas escuelas cercanas al Grupo Nexo.
Había tres opciones, todas con excelentes instalaciones y profesores.
Yago le pidió su opinión, y ella escogió una cuyo horario de salida coincidía con el suyo. Con la ayuda de Yago, el proceso de inscripción fue pan comido.
La directora los recibió personalmente y, con una sonrisa de oreja a oreja, les dijo que podía empezar de inmediato.
Vania estaba muy agradecida por todo lo que Yago había hecho; él la miraba con un brillo entusiasta en los ojos.
Sin embargo, él sabía que ella era una mujer casada. Aunque la actitud de Hugo era desconcertante, Yago podía intuir que los sentimientos de Vania hacia su esposo no eran cualquier cosa.
De lo contrario, con ese comportamiento, cualquier otra mujer ya se habría divorciado ochocientas veces.
En el teléfono, la abuela se mostró muy preocupada. Era la única en toda la familia Yáñez que se había molestado en preguntar por la injusticia que ella y Luna habían sufrido.
—Eres una muchacha demasiado buena. Ya te seleccioné los diez mejores colegios de Nueva Alborada, todos de primer nivel. Dime cuál te gusta para Luna, y llamo en este mismo instante.
Vania se conmovió.
La matriarca de los Yáñez siempre había sido maravillosa con ellas.
Pero ya había tomado una decisión.
Le encantaba la escuela que Yago había encontrado.
A partir de ahora, podría llevar y traer a Luna al trabajo sin problemas.
—Abuela, no se preocupe. Ya le encontré escuela a Luna. Un amigo me hizo el favor, está justo al lado de donde trabajo, así que será muy cómodo.
La abuela se sorprendió por la rapidez de Vania.
No pudo evitar preguntar:
—¿Un amigo? ¿Qué amigo? ¿La abogada Funes?
La abuela estaba muy al tanto de la vida de Vania.
Sabía que esa niña amaba profundamente a su nieto mayor.
Lástima que él estuviera ciego y tratara a Cristina como si fuera un tesoro.
La anciana siempre había sido muy astuta, y sus descendientes eran un orgullo.

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