Hugo incluso se atrevió a besar a Vania en la mejilla justo frente a Doña Mercedes.
La abuela, asombrada, miró a Vania con cautela y preguntó:
—¿De verdad ya te casaste con Julián y hasta tienen una niña?
Vania se sintió impotente. Este hombre no tenía una gota de decencia, y viendo el estado de su abuela, era evidente que su mente volvía a estar confundida.
Sabía cuánto quería su abuela a Julián. Temerosa de alterarla, no tuvo más remedio que tragar grueso y asentir con la cabeza, mientras a escondidas intentaba con todas sus fuerzas separar la mano de Hugo de su cintura.
Pero Hugo ya conocía muy bien su carácter rebelde; fue astuto y usó la fuerza justa para someterla sin iniciar un forcejeo evidente.
Por más que Vania lo intentaba, no podía liberarse. La rabia hizo que sus mejillas se tiñeran de rojo.
Sus movimientos eran pequeños y disimulados, intentando que Doña Mercedes no notara nada.
—¿Pero no decías que estabas enamorada de Hugo? —preguntó de pronto Doña Mercedes.
Vania se quedó petrificada, sin atreverse a mover un músculo.
Desde arriba, escuchó la risa sorda y contenida del hombre.
Era una risa descarada, sin la menor intención de guardar las apariencias.
Vania le lanzó una mirada fulminante antes de volver su atención a Doña Mercedes.
—Eso fue hace mucho tiempo. Seguramente estaba ciega en ese entonces...
Sintió un dolor punzante en la cintura. La fuerza con la que él la apretó la hizo soltar un pequeño quejido.
La sonrisa desapareció del rostro de Hugo, reemplazada por un evidente gesto de disgusto en el ceño.
Vania cerró la boca de inmediato.
—Abuela, Vani y yo tenemos asuntos que atender. Vendremos a visitarla en otra ocasión.
Hugo se despidió de Doña Mercedes con exquisitos modales, dejando a la anciana con una sonrisa de oreja a oreja. Los acompañó hasta la misma puerta.
Una vez que Doña Mercedes volvió a entrar a la habitación, Hugo soltó la cintura de Vania de inmediato. Su expresión se tornó sombría y gélida en una fracción de segundo.
Vania nunca había visto a alguien cambiar de máscara tan rápido. Sabía perfectamente que su visita no era un acto de bondad.
—¿Qué es exactamente lo que quieres?
Hugo apretó la mandíbula. Era imposible descifrar si estaba furioso o simplemente calculador.
—Suelo venir aquí aproximadamente cada tres meses. El personal de este lugar atiende a la abuela de maravilla. Cada año, esto cuesta millones. Pero aquí no basta solo con tener dinero.
La insinuación de Hugo era sutil, pero Vania escuchó con paciencia.

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