Vania no quería elegir ninguna de las dos opciones.
Pero Doña Mercedes seguía ahí dentro.
Ese era el mejor centro de reposo de Nueva Alborada, respaldado por las enormes conexiones de Hugo Yáñez. El trato preferencial que el director le daba a Doña Mercedes era inmejorable.
Claro que podía trasladar a su abuela a otro lugar, tal como había hecho con Luna al cambiarla de escuela, pero Doña Mercedes llevaba viviendo ahí cinco años. Las enfermeras y cuidadores ya conocían todas sus mañas y rutinas.
Doña Mercedes padecía Alzheimer. No era como una niña que podía adaptarse rápido a un entorno nuevo; para una paciente en su condición, empezar de cero era prácticamente imposible.
Cualquier cambio brusco podría agravar su enfermedad o causarle un daño irreversible.
Vania simplemente no podía cargar con esa responsabilidad.
Pero Hugo no le dio tiempo para pensar.
El director del centro apareció trayendo a algunas personas hacia donde estaba Vania.
La calibración de los robots había presentado algunas fallas. A lo lejos, los dos ingenieros notaron que Vania parecía estar discutiendo acaloradamente con el mismísimo CEO del Corporativo Alba.
No tenían idea de qué estaban hablando.
La Directora Zapata tenía el rostro rojo de la indignación, mientras que el señor Yáñez mantenía esa característica expresión gélida e indescifrable.
Todos sabían que la Directora Zapata había trabajado como secretaria en el Corporativo Alba durante años. Se rumoreaba que hace cinco años incluso había drogado al señor Yáñez, perdida en una obsesión enfermiza por él.
No entendían qué hacía el señor Yáñez allí. ¿Acaso su jefa había recaído en su obsesión y lo estaba acosando de nuevo?
—Señor Yáñez, señora Yáñez... —dijo el director, intentando halagarlos.
Como respuesta, recibió dos miradas tan afiladas que podrían haberlo cortado en pedazos.
La postura de Vania era firme, sus ojos destilaban puro hielo.
—No soy la señora Yáñez.
Nunca lo sintió así. Incluso el haberse casado con él fue una serie de eventos confusos; hasta el día de hoy, no lograba comprender cómo había terminado unida a un hombre como él.
Los delgados labios de Hugo se apretaron. Emanaba un aura lúgubre y amenazante que a los demás les resultaba imperceptible.

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