Aquel movimiento fue excesivamente íntimo y dejó a todos volando con suposiciones.
Especialmente considerando que Cristina estaba ahí mismo, viéndolo todo en primera fila.
Ese rostro hermoso, que desde que había vuelto al país siempre había mantenido una fachada de elegancia y serenidad absoluta, se desmoronó por completo.
Estaba claro que hervía de coraje.
Su respiración agitada delataba lo furiosa que estaba.
—La directora Zapata tiene muy buen ojo. Esa carne estaba en su punto perfecto...
El comentario de Hugo, cargado de dobles intenciones, hizo que el rostro de Vania se encendiera de un rojo escarlata sin poder evitarlo.
¿Acaso se había vuelto loco?
Había decenas de personas, ejecutivos del Grupo Nexo y del Corporativo Alba, todos mirándolos fijamente.
Vania se quedó petrificada en su lugar, sin atreverse a mover un músculo. Hugo, por el contrario, mantenía la espalda recta, sin mostrar la más mínima señal de remordimiento.
Su reacción había sido tan rápida que hasta Yago quedó desconcertado.
Se suponía que el señor Yáñez no toleraba a Vania, esa mujer que lo acosaba de manera tan despreciable.
Para Yago, la confirmación de que eran marido y mujer no le pegó tan fuerte como lo que acababa de presenciar.
En público fingían no conocerse, llegando incluso al punto de tratarse como enemigos a muerte.
Y, sin embargo, a espaldas de todos pero frente a los empleados de ambas empresas, acababa de hacer un alarde de posesividad absoluto.
¿Así que este era el jueguito enfermizo del señor Yáñez?
Yago no podía procesar lo que estaba viendo.
¿Qué clase de fetiche extraño era ese para tratar a su propia esposa?
Cristina no aguantó más. Dejó los cubiertos sobre la mesa con tanta fuerza que el golpe resonó en la sala.
—Saldré a tomar un poco de aire. Provecho —dijo, antes de levantarse rápidamente y caminar hacia la salida.
Yago pensó que Hugo no iría tras ella; después de todo, el arranque de celos de hace un instante seguramente fue para evitar que Vania se le acercara a él.
Pero apenas le cruzó ese pensamiento por la mente, Hugo empujó la silla hacia atrás, se puso de pie y se disculpó:
—Yo también terminé. Señor Leal, buen provecho.
Toda la mesa observó en silencio cómo los dos supuestos amantes eternos salían uno detrás del otro.
De inmediato, el personal del Corporativo Alba comenzó a murmurar entre susurros.
—Esa secretaria Vania no pierde el tiempo ni estando en el Grupo Nexo. Aprovechó nuestra distracción y hasta le metió la comida en la boca al jefe... ¡Qué descaro, no tiene vergüenza!
Vania hizo oídos sordos a los comentarios.
Ahora que Hugo y Cristina se habían ido, por fin podía disfrutar de la cena en paz.
Tenerlos a los dos cerca le quitaba el apetito por completo.
Yago había visto con sus propios ojos cómo Hugo tomó la mano de Vania para llevarse el bocado a la boca.
Aunque sabía perfectamente que eran marido y mujer, no podía evitar sentir una punzada de amargura en el pecho.
Después del incómodo silencio, los brindis se reanudaron en la mesa, pero nadie se atrevió a mencionar lo que acababa de pasar.
La rabia de Cristina había sido tan evidente que solo Vania podía seguir comiendo como si nada hubiera ocurrido.
Además, era obvio que el jefe había ido detrás de ella para contentarla.
Los del Grupo Nexo tuvieron que aguantarse la risa, mientras que los del Corporativo Alba morían de ganas de insultar a Vania por resbalosa.

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