Antes de que Cristina pudiera terminar de hablar, el Profesor Zavala casi escupió de indignación.
—Qué sarta de mentiras, y encima huelen a pura basura.
Cristina frunció el ceño. No entendía cómo un hombre tan respetado podía usar palabras tan vulgares.
Al profesor se le había revuelto el estómago, y Yago había llegado al límite de su paciencia.
Si Yago no supiera que Vania era la verdadera señora Yáñez, habría creído cada palabra de Cristina.
Mentir sin que te tiemble la voz ni se te sonroje la cara; en eso, las habilidades de Cristina habían alcanzado un nivel magistral e insuperable.
Vania, en cambio, ya estaba acostumbrada. Si Cristina hubiera contado la verdad, al menos habría quedado bien frente al profesor. Ahora, ella misma había destruido cualquier oportunidad de ayuda.
El rostro del Profesor Zavala se tornó completamente sombrío.
—No puedo ayudarlos con esto. Señor Yáñez, le sugiero que busque otra solución. Confío en que mi estudiante no le causará problemas a nadie sin motivo. Ya soy viejo para meterme en asuntos privados, así que puede llevarse a su... —hizo una pausa, sintiendo que ni siquiera valía la pena pronunciar la palabra.
Hugo entendió el mensaje y se puso de pie.
Mientras se disponían a salir, el profesor miró con asco los obsequios que Hugo había traído.
—Llévese esto.
Hugo no se movió, pero Cristina, sintiéndose humillada, agarró bruscamente los regalos de las manos de Hugo y salió con la barbilla en alto, derrochando arrogancia.
Apenas se marcharon, el profesor golpeó la mesa con fuerza.
—¡Descarados, son unos malditos descarados! Mi niña Vania, tienes que divorciarte de ese hombre lo antes posible.
El profesor estaba tan furioso que estuvo a punto de sufrir un ataque de asma.
Vania sonrió con frialdad. Por supuesto que iba a divorciarse.
—No tienes que tener ninguna consideración con esa mujer. Lo que decidas hacer, yo te apoyo.
Vania le sirvió más té para intentar calmarlo, profundamente conmovida. Se notaba que el afecto que el Profesor Zavala sentía por ella era genuino, como el de un padre o un verdadero amigo.
Al menos, era infinitamente más sincero que el de Hugo.
Yago aprovechó el momento para intervenir.
—Vania, tú y el profesor se conocen desde hace años. Él no tiene hijas y vive solo...
—...
Vania captó la indirecta de inmediato. Sirvió otra taza de té y, con ese gesto, lo reconoció oficialmente como su padrino.
El Profesor Zavala sonrió de oreja a oreja, sin ocultar su doble intención.
—Ahora Vania es mi preciosa ahijada. Lo único que me falta es adoptar un ahijado para tener a la pareja perfecta.
Yago entendió el mensaje, levantó una ceja, pero no respondió al comentario.
El anciano no solo quería a Vania como hija, sino que también quería jugar a ser cupido.
Vania se ruborizó y fingió no haber entendido.
Yago, prudente, no le siguió el juego al profesor.
Después de la comida, Vania se preparó para regresar a la oficina con Yago.
En la entrada, un lujoso auto negro estaba estacionado a poca distancia. A través de la ventana a medio bajar, se veía el rostro apuesto e imponente de Hugo. Sostenía un cigarrillo entre sus largos dedos, la chispa encendiéndose y apagándose, aunque no parecía estar fumando.
Cuando Vania y sus acompañantes salieron del restaurante, el vehículo avanzó lentamente hasta detenerse justo frente a ella.
—Sube. Tenemos que hablar.
Al ver a Hugo, el Profesor Zavala soltó un bufido de desprecio, y Yago hizo un movimiento para intervenir.

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