Cristina apartó bruscamente su mirada despectiva de Vania, sintiendo un nudo en la garganta que casi la asfixia de rabia.
Le costó un momento recuperar el aliento, pero logró reprimir su furia.
—No es eso. Cité su artículo en la reciente cumbre internacional de intercambio tecnológico. De hecho, eso es algo positivo, ¿no? Hacer que todo el mundo la conozca le da mayor visibilidad.
Pero ella, siendo una malagradecida, me quiere demandar por infracción de derechos. Como usted es su mentor, vine a pedirle que hable con ella. Es un asunto sin importancia, que no arme un escándalo. Si realmente siente que sufrió algún daño, yo le pagaré lo que sea necesario.
Cristina habló con un tono lleno de victimismo. Las lágrimas se asomaron en las comisuras de sus ojos, a punto de derramarse.
El Profesor Zavala no se tragó ese cuento.
Hugo sacó un pañuelo de papel y se lo entregó con delicadeza. Ese pequeño gesto hizo que el profesor frunciera el ceño con profunda indignación.
La verdadera esposa estaba sentada justo allí, ¿y ellos se atrevían a derrochar tanto afecto?
¿Acaso no tenían camas en sus casas o habitaciones en los hoteles?
—Queremos encontrar a Lily. Si usted nos hace de intermediario, cumpliré cualquier condición que exija —intervino Hugo.
Vania saboreó un jugoso bocado de pescado. Estaba claro que, por su amada, Hugo había perdido todo límite moral.
El Profesor Zavala se giró hacia Vania.
—¿Tú qué opinas?
Cristina frunció el ceño. ¿Qué tenía que ver Vania en todo esto?
Para ella, Vania solo era una acompañante inútil que Yago había traído para gorronear comida.
—Ella es su estudiante, usted decide —respondió Vania con calma.
Con eso, le entregó todo el poder al profesor.
El anciano tomó su taza y bebió un sorbo de té con suma lentitud.
Sin embargo, su mirada no se posó en Cristina, sino en Hugo.

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