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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 256

Con una velocidad asombrosa, Hugo tomó en brazos a Xavier, cuya nariz no dejaba de sangrar, y salió disparado del salón.

Cristina estaba al borde del colapso, y el pánico se apoderó de los invitados.

Doña Dolores detuvo su mano justo antes de tocar a Vania.

¿Le había pasado algo a Xavier?

—¿Qué ocurrió? —preguntó la anciana.

Un empleado se acercó a informarle.

—Al niño le empezó a salir muchísima sangre por la nariz de la nada, y no logran detenerla.

Con su bisnieto en medio de una emergencia médica, a la anciana se le quitaron las ganas de seguir con su plan.

Hoy era ella la anfitriona principal, no podía abandonar la fiesta. Solo le quedaba mantenerse firme y calmar a los invitados.

—Por favor, sigan disfrutando del banquete. No es nada grave —anunció para tranquilizar a todos.

Vania no se había percatado de las intenciones de la abuela, pero Yago sí.

—¿Acaso la abuela de los Yáñez venía a buscarte? —le preguntó.

Vania no se había sentado en la mesa asignada para la familia; prefirió mantener un perfil bajo al lado de Yago.

Ni sabía ni le importaba qué quería doña Dolores.

Ese día tampoco había preparado el regalo final; pensaba esperar a que los invitados se retiraran para felicitarla en privado y decirle que su verdadero obsequio llegaría en un par de semanas.

Mientras tanto, el abuelo Leal, que no había quitado la mirada de doña Dolores por preocupación, también prestaba atención a su nieto.

Yago nunca había llevado a una chica a un evento social.

El patriarca no conocía a Vania, pero al verla tan hermosa, con un vestido elegante y modales refinados, supo que era una joven de buena cuna.

El único detalle era que ya tenía una hija.

El abuelo Leal sentía emociones encontradas.

Por ahí corrían rumores de que a Yago le gustaban los hombres.

Pero al menos ahora veía a su nieto sentado junto a una mujer.

¿No sería posible que...?

Una idea cruzó la mente del anciano: ¿y si había tenido una hija fuera del matrimonio?

Finalmente, el anciano se dirigió a ellos.

—Yago, ¿esta es tu novia? ¿Por qué no me la presentas?

Con tal de que respirara y fuera mujer, a él le bastaba.

El abuelo veía cómo su nieto se acercaba a los treinta años.

Estaba tan desesperado que casi sentía ganas de salir a la calle y secuestrar a alguien para obligarlo a casarse.

Pero hizo el esfuerzo por mantener la compostura.

Incluso si la muchacha estaba divorciada, él lo aceptaría.

Tanto Yago como Vania se quedaron paralizados.

Yago soltó una carcajada para aclarar el malentendido.

—Abuelo, se equivoca. Vania no es mi novia, ella ya está casada.

El anciano parpadeó sorprendido, pero al escuchar la palabra 'casada', su asombro se transformó en pura emoción.

—¿De verdad? ¿O sea que es una aventura extramarital? ¿Le estás robando la mujer a alguien?

—...

El rostro de Vania era un poema de vergüenza. Yago sabía que su abuelo a veces actuaba como un niño travieso.

Por miedo a que Vania se sintiera ofendida, trató de explicarse rápido.

—No... no es lo que usted piensa en lo absoluto...

Pero el abuelo Leal le levantó la mano, cortándolo.

Había esperado tantos años, y por fin su nieto se interesaba en una mujer.

Ese mismo día, el empleado le había asegurado que Vania compró el pisacorbatas y las mancuernillas que a él le gustaban.

Y ahora, ambas piezas adornaban a Yago.

Es decir, Vania nunca tuvo la intención de regalárselos a él. Eran para Yago.

—Bisabuelo...

Esa voz tierna y dulce golpeó los oídos de Hugo como un martillo.

Fue la primera vez que se detuvo en seco a causa de Vania y Luna.

Cristina también notó que algo andaba mal. Al ver a Vania y a su hija charlando animadamente con Yago y el patriarca de los Leal, hizo una mueca de desprecio.

Al parecer, esa cualquiera de Vania también había logrado engatusar al viejo Leal.

La mirada de Hugo barrió el cuerpo de Vania y se topó con el deslumbrante collar que llevaba puesto. Era una pieza que costaba millones. Sabía perfectamente que Vania no tenía esa clase de dinero.

¡Ja!

—Venderte por unas baratijas... qué descarada eres —soltó Hugo con frialdad.

Vania lo miró sin entender nada.

¿Acababa de insultarla de la nada?

Definitivamente, el hombre estaba enfermo.

El abuelo Leal también escuchó el comentario.

—???

—Hija, ¿tienes problemas con Hugo Yáñez? —murmuró el anciano intrigado. ¿Acaso habían sido novios antes?

—...

¿Cómo le explicaba la situación? Lo último que quería era pregonar a los cuatro vientos que Hugo era su esposo.

Yago le dio un trago a su copa con toda la calma del mundo y respondió:

—Ya le dije que Vania está casada, abuelo. Hugo Yáñez es su esposo...

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