Al ver que el gerente no se movía, Cristina frunció el ceño.
—¿Me escuchó?
El gerente sudaba a mares.
—Directora Cristina, si hacemos eso y algo sale mal, tendremos que pagar seis millones de dólares de indemnización por cada robot humanoide defectuoso, además de enfrentarnos a las multas de las autoridades reguladoras...
A Cristina le molestó verlo temblar de miedo.
—Si yo no tengo miedo, ¿usted por qué sí? Haga lo que le digo. Si pasa algo, yo me hago responsable.
Ella ya había investigado. Lo más importante del Proyecto Ánima era el chip principal, que controlaba los movimientos y la interacción con los humanos. Para el resto del cuerpo, no era necesario utilizar materiales de tan alta gama.
Había un montón de materiales biomiméticos baratos en el mercado que imitaban la textura de las marcas reconocidas. Si uno no era experto, jamás notaría la diferencia.
Además, el Proyecto Ánima aún era una novedad en el mercado. Tras vender los primeros cuatro robots, Cristina hizo los cálculos.
Cada robot costaba cerca de dos millones de dólares producirlo, y se vendía en tres millones. El margen de ganancia no era tan grande.
Al recibir más pedidos, Cristina se devanó los sesos, pero no para mejorar el producto.
Su único plan era seguir usando el programa robado de Vania y replicarlo sin fin.
Si Vania hacía alguna actualización, los servidores de Corporativo Alba interceptarían los datos y también se actualizarían.
Al reducir los costos de producción, podría seguir reportando los mismos precios a los inspectores de calidad, y la diferencia iría directo a su bolsillo. Cristina calculaba que, de esta manera, le ganaría al menos más de un millón de dólares a cada robot.
Es decir, usando materiales genéricos, el costo de producción de cada robot se reduciría a unos quinientos mil dólares.
Cristina se reía en su interior de la estupidez de Vania.
Con unos costos de producción tan altos, ¿quién seguiría pagando por esos robots una vez que pasara la novedad?
Aprovechando el momento, acapararía casi la mitad del mercado global, dejando la basura de Vania acumulando polvo en las bodegas.
Con el dinero asegurado, la primera ola de robots se entregaría con tres meses de anticipación. Para la segunda ola, utilizaría la estrategia de ventas por escasez, creando ansiedad en los compradores, y mientras tanto seguiría recortando costos en los materiales.
A partir de ahí, subcontrataría todos los pedidos futuros de Corporativo Alba. Así reduciría los tiempos de producción y lograría entregas mucho más eficientes.
Incluso ya sabía qué hacer con el dinero: el Consorcio Figueroa sería su principal puente de lavado y transferencia.
Cristina se sentía cada vez más satisfecha consigo misma. El gerente de tecnología, en cambio, intentaba con desesperación controlar el temblor de sus manos. No era la primera vez que veía a alguien actuar como Cristina.


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