Cristina asintió, convencida por las palabras de su madre y de Paola.
Después de todo, ambas eran mujeres con muchos años de matrimonio a cuestas; sabían de lo que hablaban.
Sin Vania en el mapa, Hugo ya no tenía punto de comparación.
Ahora ella era la única dueña de su corazón y de su tiempo. Además, últimamente ella misma se había obsesionado con el Proyecto Ánima de Corporativo Alba.
Con tantas reestructuraciones y despidos masivos, admitió que había descuidado un poco su relación con Hugo.
Tal vez, su repentino regreso a Corporativo Yáñez era solo un berrinche silencioso para reclamarle por su falta de atención.
Cristina se prometió buscar una manera de mimarlo y reconciliarse con él.
Tras la charla reconfortante, Cristina sintió que volvía a tener el control.
—Tienen razón, mamá, Paola. Ya sé lo que tengo que hacer —dijo con una sonrisa confiada.
Al verla más animada, Elena y Paola respiraron aliviadas.
Elena no soportaba ver a su hija sufrir.
Y como madre biológica de Vania, sintió que era su deber moral ir a ponerle un alto a esa mujercita.
Ya tenían el acta de divorcio en sus manos; Vania no tenía ningún derecho a seguir merodeando cerca de Hugo.
Despojada de su título de señora Yáñez, no era más que una don nadie.
En cuanto a la familia Leal, Elena sintió que debía hacerles una visita para abrirles los ojos y advertirles de la clase de víbora que estaban albergando.
Debía convencerlos de que dejaran de protegerla.
Los Leal eran una familia de élite, intocables en la política y los negocios; no podían manchar su prestigiosa reputación por culpa de Vania.
Lo hacía por el bien de ellos, por supuesto.
Elena no era mujer de dejar las cosas para después.
Al día siguiente, se vistió con sus joyas más ostentosas, se maquilló de manera impecable y le ordenó a su chofer que sacara la camioneta de lujo que Hugo le había regalado a Cristina.
Con la barbilla en alto, llegó hasta las puertas de la Casona Leal.
Al ver a los guardias armados apostados en la entrada, sintió una punzada de indignación.

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