—Mateo tiene razón. S hizo una nueva obra, y es aún más espectacular y grandiosa que esta. Lo más curioso es que no la pintó sobre papel, sino sobre azulejos blancos.
—¿Azulejos? ¿No me están mintiendo?
Patriciano no lo podía creer. Miró el suelo de mármol bajo sus pies; pintar sobre ese tipo de material era extremadamente difícil. Sobre todo para el arte en tinta, que de por sí usa tonos oscuros. Era una hazaña titánica.
—Puedes investigarlo tú mismo. No ganamos nada mintiéndote —dijo Valeriano, inclinándose sutilmente hacia Roxana.
—¡Dante, averigua ahora mismo quién compró esa nueva obra de S! ¡No importa el precio que ponga, ofrécele el quíntuple!
Patriciano era un fanático del arte, y su admiración por S rayaba en la devoción. Las pinturas de S de por sí eran escasas, y esta pieza en un formato tan inusual era algo inaudito. No iba a dejarla pasar.
—Sí, Señor Patri —Dante conocía muy bien el temperamento de su jefe. No se atrevió a dudar ni un segundo y se dispuso a acatar la orden.
—Patriciano —intervino Roxana—, si quieres una pintura de S, no hace falta que des tantas vueltas.
—¿Cómo no va a ser difícil? —Patriciano no captó en lo absoluto lo que ella intentaba decirle. Toda su mente estaba en conseguir aquella codiciada obra—. El arte de S es casi inalcanzable. Si es algo tan único, menos puedo dejarlo ir.
Había perdido toda su compostura y seriedad. Parecía un fanático enloquecido que acababa de enterarse de que por fin conocería a su ídolo.
Al ver que seguía sin entender, Mateo habló en un tono gélido.
—Patriciano, llevas un año fuera de casa y te has vuelto muy lento.
—¿Lento yo? —respondió Patriciano a la defensiva, pero entonces su expresión cambió abruptamente.
Volteó la mirada hacia su hermana. Sus pupilas temblaron tras los cristales de las gafas, y una súbita tensión se apoderó de él.
Tras unos segundos de silencio, logró articular:
—Roxana, no me digas que tú eres... ¿S?
Al escucharlo, Dante la miró como si hubiera visto a un fantasma. La impresión en su rostro era mayúscula.
¿Cómo era posible que esta mujer, implacable como la Muerte, fuera el genio artístico detrás de S?
Roxana observó a su hermano y a Dante, ambos pasmados, y dijo con tranquilidad:
—¿Acaso no lo parezco?

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