—Señor Patri, trajimos al hombre.
La voz del subordinado rompió el extraño ambiente que se había formado en el salón.
Patriciano recuperó de inmediato su usual sonrisa de depredador y se sentó con elegancia.
—Tráelo al centro —ordenó Dante, señalando el lugar.
Rizos entró a rastras.
Roxana esperaba verlo al borde del colapso mental después de llevar varios días encerrado, o por lo menos que estuviera en un estado deplorable. Pero, para su sorpresa...
¡Había engordado!
Dado que estaba herido, había recibido excelentes cuidados. Comía bien y dormía mejor. Aunque lo interrogaban de vez en cuando, no lo habían maltratado en lo absoluto, así que se veía bastante repuesto.
Sin embargo, al ver a la chica que casi lo mata, el corazón le dio un vuelco. Puso su mejor cara de adulación.
—Estimada señora, nos volvemos a ver.
Mateo y Valeriano se acomodaron sutilmente al ver que Roxana se ponía de pie, listos para intervenir si ocurría algún imprevisto.
Patriciano notó el movimiento de ambos y le hizo una seña a Dante para que estuviera alerta a cualquier situación.
Al ver que ella no respondía y solo se le acercaba a paso lento, la sonrisa de Rizos se desdibujó. Poco a poco bajó la vista, incapaz de sostenerle la mirada.
Roxana se detuvo a un metro de él. Sus ojos tenían la frialdad de la escarcha en una mañana de invierno.
—¿Sigue en pie lo que dijiste la última vez?
Rizos se quedó en blanco. Había dicho tantas cosas. ¿A qué se refería exactamente?
—Señora... ¿podría darme una pequeña pista?
—¿Mmm?
El cerebro de Rizos trabajó a toda velocidad. Vio cómo la mirada de Roxana descendía hacia su pierna... ¡y entonces recordó cómo le había fracturado el hueso con sus propias manos!

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