Pero ese día, el mensaje fue como una inyección de adrenalina.
El señor Montes era el tío de Roxana, ¡lo que significaba que la paciente era la abuela de Roxana!
Si Roxana se atrevía a extorsionarla con el precio, Annette podría usar otra táctica.
Los ancianos siempre eran más blandos de corazón. Si lograba ganarse a la abuela de Roxana, ¡seguro que la obligaría a bajar el precio!
[Amiga, ¿dónde estás? Voy para allá y te ayudo a elegirlas en persona.]
***
Mientras tanto, Roxana recibió una llamada de su madre, Marina Montes de Soler. Le avisaba que su abuela por fin había despertado.
Sin perder un segundo, ella y Gema se dirigieron al hospital.
En el camino, Gema recibió una llamada de Bernardo Montes y acordaron encontrarse en la entrada principal.
—Gema, Roxana, por aquí —las llamó una voz profunda en cuanto el auto se detuvo.
Bernardo Montes, impecablemente vestido con un traje a la medida, irradiaba la madurez y la elegancia propias de un hombre de mundo.
—Llegaron rápido, yo también acabo de llegar.
Mientras hablaba, Bernardo abrió la puerta del auto con caballerosidad, protegiendo el marco con la mano para ayudar a Gema a salir.
—Roxana y yo estábamos tomando un café cerca de aquí y hablábamos de la gala benéfica. Cuando ella recibió la llamada, nos vinimos de inmediato —explicó Gema con una sonrisa.
Bernardo asintió y miró a su sobrina con curiosidad.
—Roxana, ¿vas a tener tiempo de ir al sexagésimo aniversario del Consorcio Carrillo?
—Sí, iré —respondió ella.
—¡Qué excelente noticia! Al padre de Gema le encantan la caligrafía y la pintura. Si se entera de que vas, se pondrá contentísimo.
—Así es —coincidió Gema—. Mi papá es un gran admirador de tus obras. Te lo presentaré ese día.

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