—Annette, ¿qué estás diciendo? Tu papá está enfermo y necesitas un médico, ¿por qué le ruegas a esta...? —Sandra se dio cuenta de su error y corrigió rápidamente—. ¿A la señorita Soler? ¿Te volviste loca?
Sandra no lo podía entender. Con el poder de la familia Solórzano, podían contratar a cualquier especialista del mundo. ¿Por qué rogarle a Roxana, a quien ambas detestaban?
Además, ¿no había dicho Annette que iba a acompañarla a visitar a la madre del señor Montes?
Annette no tenía tiempo para explicaciones. Aunque tenían la misma edad, los padres de Annette la habían criado como heredera y la llevaban a eventos de la alta sociedad. Ella sabía perfectamente el peso que tenía el nombre de Bernardo Montes.
Si Bernardo les negaba la entrada, las posibilidades de que Sandra pudiera ver a la anciana eran nulas.
Annette tenía que aprovechar su única oportunidad.
Bernardo sabía que su sobrina era la legendaria Doctora Serena, así que entendió rápidamente lo que pasaba.
—¿Acaso su padre no está internado en el Hospital Edson? El director Cifuentes es un médico excepcional. ¿Acaso no puede curar al señor Nader?
Bernardo estaba genuinamente confundido. Había escuchado sobre el envenenamiento de Nader, pero después de casi un mes, asumió que ya estaría curado. ¿Por qué buscar a su sobrina a estas alturas?
Gema también frunció el ceño. Sabía que Roxana era una médica prodigio, pero la familia Solórzano era famosa por su obsesión con la salud y contaba con un equipo médico de élite. ¿Cómo era posible que no pudieran curarlo?
Roxana, en cambio, lo sabía perfectamente. Nadie, excepto ella, podía curar el veneno que ella misma había diseñado.
Además, Nader seguramente había tomado todo tipo de suplementos y remedios experimentales en el último mes. Esa mezcla de toxinas y fármacos lo debía tener al borde del colapso. Era lógico que nadie más pudiera salvarlo.
Por eso, la respuesta de Roxana fue fría.
—Annette, ya conoces mis condiciones. Si consideras que la vida de tu padre no vale el precio que pedí, entonces no tenemos nada más que hablar.
—¡Eres una descarada! —Annette no esperaba que la rechazara tan fríamente frente a Bernardo—. ¡Para mí, mi papá no tiene precio!
—¿Ah, sí? —Roxana enarcó una ceja—. ¿Entonces para ti, tu familia vale cero?
—¡No tergiverses mis palabras! ¡No quise decir eso!

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