La familia Montes y el resto de los invitados, que no habían quitado los ojos del equipo médico, sintieron un vuelco en el corazón. Las expresiones de los expertos sugerían que los resultados no eran nada alentadores.
Al notar esto, los rostros de Mateo Soler y Valeriano Sandoval, quienes flanqueaban a Roxana, se ensombrecieron.
Roxana, por el contrario, mantenía una calma absoluta.
Del otro lado, la mirada de Dora Salas rebosaba de un triunfo que apenas podía contener.
—Doctora Serena, parece que los resultados no están a su favor. ¡Quién diría que una figura tan aclamada y respetada a nivel mundial resultaría ser una carnicera a la que no le importa en absoluto la vida humana!
Sandra llevaba rato queriendo intervenir, justo desde que Roxana había acorralado a Dora exigiéndole pruebas. Ahora, al ver la consternación del equipo médico, llegó a la misma conclusión que Dora.
—Doctora Serena, ¿no será que, como la familia Solórzano tuvo un roce con la suya, decidió eliminarlos de raíz?
Sus palabras tocaron una fibra sensible en todos los presentes.
El semblante de Bernardo Montes se volvió gélido de inmediato. Sin embargo, por pura caballerosidad, no arremetió contra la muchacha, sino que clavó la mirada en su padre.
—Joseph, la educación que la familia Cullen le da a sus hijos es, por decir lo menos, asombrosa.
—¡Sandra! —exclamó Joseph, atónito ante la insolencia de su hija—. ¡Cierra la boca y discúlpate con la Doctora Serena en este instante!
Pero Sandra, terca como una mula, alzó la barbilla.
—Papá, ¿qué dije de malo? ¡Mírales las caras a los médicos de Su Alteza! ¡Es obvio que esa pastilla está adulterada!
—¡Qué fastidio! Ya que te gusta tanto observar las expresiones de los demás, ¿qué tal si te mando a servir a la princesa? Casualmente anda aburrida y necesita compañía. Serías el pasatiempo perfecto —intervino Zachary, habiendo agotado su paciencia, con un tono cortante.
Atender a la princesa solía considerarse un honor inmenso, la vía más rápida para que un plebeyo se codeara con la realeza. Pero la princesa a la que se refería el Príncipe Zachary era su prima, la Princesa Romy: una mujer sin talentos destacables, pero con un temperamento volcánico. Quien la hiciera enojar se arriesgaba, en el mejor de los casos, a una golpiza; en el peor, a la cárcel.
Aunque Sandra era arribista y competitiva, no tenía un pelo de tonta. Jamás se metería en semejante problema.


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