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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 1173

—¿Engañarte? —Roxana esbozó una sonrisa helada, sus hermosas facciones irradiando una majestuosidad intocable—. Si vamos a hablar de engaños, ¿no fuiste tú quien intentó tender me una trampa primero?

Dora la fulminó con la mirada, pero el miedo le impidió volver a acusarla. Sabía que, si lo hacía, Roxana era muy capaz de envenenarla frente a todos.

—No sé de qué estás hablando —murmuró, aferrándose a su orgullo.

—De acuerdo, te lo plantearé de otra forma. La persona que te entregó el veneno... ¿te advirtió que no solo afecta a quien lo ingiere, sino que cualquiera que entre en contacto con él también terminará intoxicado?

—¡¿Qué?! —El rostro de Dora se desfiguró por el pánico, perdiendo hasta la última gota de color—. ¡No... eso es imposible! ¡Estás mintiendo!

—Créelo o no, a mí me da igual —respondió Roxana, encogiéndose de hombros con total indiferencia.

Dora sintió que el corazón se le detenía. Las emociones se arremolinaban en su rostro mientras calculaba desesperadamente si le convenía confesar la verdad.

Por otro lado, Wilfredo, que apenas lograba ponerse en pie, ignoró el dolor de su espalda al escuchar las palabras de Roxana. Una furia ciega se apoderó de él. Se abalanzó sobre su esposa y le propinó otra bofetada brutal.

—¡Maldita infeliz, me vas a mandar a la tumba!

El golpe fue tan violento que Dora volvió a estrellarse contra el suelo.

—¡Una advertencia tan grave y ni siquiera te dignaste a preguntar! ¡Me acabas de envenenar a mí también! ¡Te voy a matar!

Wilfredo levantó el pie, listo para patearla con todas sus fuerzas. ¡Parecía dispuesto a asesinarla ahí mismo!

Aunque a Roxana le importaba muy poco el destino de Dora, aún necesitaba respuestas. Con un movimiento rápido y preciso, le asestó una patada a Wilfredo, mandándolo de regreso a los pies de la silla de ruedas de Nader.

—¿Acaso no entiendes el español? Deja que tu hermano te enseñe un poco de modales.

Wilfredo alzó la vista y se encontró con los ojos inyectados en sangre de Nader. El terror lo paralizó. Retrocedió arrastrándose como pudo, balbuceando excusas:

—Hermano... esto es un malentendido, te lo juro... yo no sabía...

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