Lidia parpadeó un par de veces, incrédula, antes de estallar de rabia.
—Roxana, ¿quién te crees que eres para decir que el Rector vendrá solo porque lo llamas? ¿Acaso crees que es tu empleado?
Roxana la miró de reojo.
—¿Y cómo sabe usted que no lo es?
—¡Pff! —Varios se quedaron sin aliento y contuvieron la respiración.
Braulio, que al principio se había ofrecido a ayudar con los archivos, retrocedió espantado al escuchar semejante blasfemia.
Definitivamente, era mejor mantenerse alejado de alguien con un tornillo suelto.
Caleb se indignó aún más.
—¡Roxana! Mi tío abuelo ha dedicado más de la mitad de su vida a las ciencias biológicas, ganando un sinfín de honores. ¿Cómo te atreves a faltarle el respeto así?
¡Y pensar que hace un momento la había defendido!
¡Qué mujer tan malagradecida!
Brenda también alzó la voz para regañarla.
—Roxana, Don Abelardo fue quien te ayudó a entrar. Si no tienes la decencia de ser agradecida, al menos no deberías manchar su nombre de esta manera.
Roxana se encogió de hombros, resignada.
Definitivamente, a veces era mejor no decir la verdad; la sinceridad les dolía más que las mentiras.
—¿A qué viene tanto alboroto? —resonó de pronto una voz profunda y rasposa.
Todos giraron la cabeza al unísono. Ahí estaba Don Abelardo, con su cabello canoso y una postura llena de vitalidad, caminando a paso firme hacia ellos.
Detrás de él venían el director de la facultad y un profesor joven de facciones atractivas y aspecto intelectual.
Caleb se quedó boquiabierto. Su tío abuelo, a quien nadie podía mover de su laboratorio, realmente había venido.
Yara sintió un nudo en el estómago.
Le resultaba imposible aceptar que una figura tan imponente como Don Abelardo hubiera acudido al simple llamado telefónico de Roxana.
¿Qué clase de relación oculta tenían esos dos?
Roxana seguía allí de pie, con aire despreocupado, como si el asunto no tuviera nada que ver con ella. Era imposible adivinar qué pasaba por su cabeza.
Lidia apretó los dientes.
¡Hace un momento estaba muy altanera, pero en cuanto llegó el Rector, se quedó calladita! ¡Seguro era porque tenía la conciencia sucia!
Yara, notando que nadie decía nada, le lanzó una mirada furtiva a Marco para que actuara.
Marco se sentía intimidado por la imponente presencia de Don Abelardo, pero sabiendo que no había marcha atrás, se armó de valor.
—Rector... —Se acercó al anciano y, con expresión de mártir, se volvió a subir la camiseta para mostrarle el golpe—.
—Esta es la prueba de que ella me golpeó. Cuando me enteré de que la pieza que Silvano presentaría en el examen era idéntica a la mía, fui a pedirle una explicación. Para mi sorpresa, él me acusó de ladrón y me dijo que Roxana lo había ayudado a arreglar la partitura.
—Vine a exigirle respuestas a ella, pero lo negó todo y me atacó. Si la profesora Lidia no hubiera llegado a tiempo, temo que me habrían matado a golpes. ¡Le suplico, Rector, que me haga justicia!
Don Abelardo frunció el ceño y lo reprendió:
—Aquí hay muchas chicas presentes. ¿Por qué te andas levantando la ropa? ¡Qué falta de pudor!

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