Si Roxana no valoraba su supuesto apoyo, habría decenas de personas dispuestas a tildarla de malagradecida.
Yara sonreía para sus adentros, esperando el momento en que Roxana perdiera los estribos.
Sin embargo, para su decepción, Roxana mantuvo su semblante impasible y ni siquiera le prestó atención.
A ella le daba igual lidiar con moscas molestas zumbándole al oído.
Caleb no tenía intención de entrometerse de nuevo, pero al ver que Roxana no daba su brazo a torcer, reprimió su frustración y le advirtió:
—Las apuestas no son un juego. ¿Estás absolutamente segura de que quieres apostar con el primer lugar?
Roxana descruzó los brazos y asintió.
A diferencia de él, ella irradiaba una tranquilidad abrumadora, lo que le dio a Caleb la absurda sensación de estar preocupándose por alguien a quien no le importaba en lo más mínimo su propio destino.
«Esta apuesta es bastante justa. No hay motivo para rechazarla», pensó Roxana. Si ganaba, se desharía de tres plagas de un solo golpe.
¡Qué ofertón!
De pronto, como si hubiera recordado algo, fijó su mirada en Brenda.
—¿Tú no vas a apostar?
Esa tal Brenda era de las que más escupía veneno, ¿cómo iba a perderse semejante oportunidad?
Brenda, ofendida porque Roxana la había señalado, le dedicó una sonrisa altiva.
—El año pasado obtuve el tercer lugar de toda la generación y entré a la universidad con una beca completa. ¿De verdad quieres competir conmigo?
—¿Tercer lugar? Supongo que no eres la gran cosa, entonces —ironizó Roxana, arqueando una ceja.
—¡Roxana! —El tono burlón la enfureció tanto que Brenda dio un pisotón y agarró la pluma para firmar el papel—. Yo quería que te fueras de la escuela con algo de dignidad, pero ya que no aprecias mis buenas intenciones, ¡no me culpes por lo que pase! ¡Cuando terminen los exámenes, vas a abrir muy bien los ojos para que veas la inmensa diferencia que hay entre tú y yo!
—¿Don Abelardo? —El profesor Yates, al ver que su intento de pacificación no solo falló, sino que avivó la histeria de los estudiantes, sintió remordimiento.
Pero Don Abelardo se mantenía completamente imperturbable.
—No pasa nada. Los jóvenes son impulsivos por naturaleza, déjelos que resuelvan sus problemas a su manera.
¡De todos modos, estaba cien por ciento seguro de que su protegida no iba a perder!
Lidia, que temía que el Rector cancelara la apuesta, respiró aliviada al ver que no intervino, y de inmediato se apoderó de las firmas.
—Rector, yo me quedaré con el acuerdo por ahora. Lo sacaré a la luz cuando entreguen los resultados.
Más valía prevenir que lamentar. ¡Con el papel firmado, Roxana no tendría forma de echarse para atrás!
Marco, al ver que Silvano no se dejaba ninguna salida, aceptó sin titubear.
—Je, trato hecho.
Cuando le robó los bocetos a Silvano, ya había revisado las demás composiciones del chico y ninguna le pareció una amenaza real.
Además, solo faltaban un par de días para el examen. Incluso un genio de la música necesitaría más tiempo para escribir algo superior... Un momento. ¡Roxana sí podría hacerlo!
Un escalofrío le recorrió la espalda y se apresuró a poner una condición.
—Silvano, hay una regla: la obra que presentes en el examen tiene que ser compuesta únicamente por ti. No puedes pedirle ayuda a nadie.
Silvano sabía perfectamente que Marco tenía miedo de que acudiera a Roxana. Soltó una carcajada amarga.
—De acuerdo, lo prometo. Lo mismo va para ti. El que haga trampa, pierde.
—¡Entonces ya perdiste! —bufó Marco con desprecio.
Sin la ayuda de Roxana, era imposible que ese hijo ilegítimo le ganara.
Las dos apuestas quedaron selladas bajo el testimonio de Don Abelardo y los profesores, y los acuerdos quedaron en custodia del director de la facultad.
En cuestión de horas, el rumor de que Roxana iba por el primer lugar de toda la escuela, y la encarnizada apuesta entre Silvano y Marco, corrió como pólvora por toda la Universidad del Sur.

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