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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 176

—¡Silvano, sigues mintiendo! Eso de que «no pudiste contactar al autor» es solo una excusa barata para encubrir que la robaste.

»Ya lo dije: yo compuse esta pieza. En ningún momento recibí un mensaje tuyo y mucho menos un intento de comprar derechos.

Silvano lo miró con diversión al ver que seguía empeñado en reclamar la autoría de la canción. Arqueó una ceja y preguntó en tono burlón:

—¿Estás seguro de que esta pieza es tuya?

—¡Por supuesto! —respondió Marco con total seguridad.

—Si no es mía, ¿va a ser tuya? ¡Aterriza! Tú no tienes mi talento. Si no me hubiera distraído con otros asuntos, jamás habrías entrado a la Academia de Élite. ¡Silvano, voy a recuperar todo lo que me has quitado, poco a poco!

«¡No era más que un bastardo que no podía ver la luz! ¡Que se creyera mejor que él era una sentencia de muerte!

¿Acaso pensaba que él solo robó la partitura y no hizo nada más?

¡Ja!»

Marco no solo había publicado el audio en sus redes, sino que se la había mostrado a su profesor particular. Su maestro era miembro de la asociación nacional de música, una figura de peso en el país.

Si un experto como él nunca la había escuchado, significaba que la pieza era completamente desconocida.

Al no tener fama, podía reclamarla como suya y nadie saltaría a desmentirlo.

Es más, su profesor le dijo que la obra era fascinante y le aconsejó presentarla al Certamen Internacional Bach, un concurso mucho más prestigioso que el Concurso de Música Dorada.

¡Si lograba triunfar allí, sería el orgullo de la Universidad del Sur y alcanzaría un estatus que el bastardo de Silvano jamás lograría!

Por eso, estaba lleno de confianza.

Silvano, notando la ignorancia y la soberbia de Marco, dedujo que se estaba aprovechando de que la melodía no era conocida.

Entonces, dirigiéndose a Don Abelardo con total firmeza, dijo:

—Señor rector, si me lo permite, me gustaría tocar la segunda parte de la pieza a la mitad del ritmo original. Estoy seguro de que notará la diferencia.

—¡Señor rector! —exclamó Lidia, incapaz de entender por qué seguía encubriendo a un estudiante tramposo a estas alturas.

Don Abelardo le lanzó una mirada fulminante y habló con una autoridad que no admitía réplicas.

—¡Mis decisiones no están abiertas a discusión!

Lidia tragó saliva, indignada pero sin atreverse a decir otra palabra.

Don Abelardo era una figura tan poderosa que hasta los altos mandos de Puerto Esperanza le mostraban respeto; ofenderlo sería su fin.

Al ver que Lidia era silenciada, Marco no se atrevió a decir nada.

Ya tenía ventaja, ¡no creía que ese bastardo pudiera hacer algún truco de magia para salvarse!

En el primer piso, los alumnos que disfrutaban del espectáculo quedaron boquiabiertos.

—El rector no parecía querer aceptar, ¿por qué cambió de opinión de repente?

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