—Ese sería el peor de los casos, pero aún no hemos llegado a ese punto. Sin embargo, los síntomas de Luisa han empeorado mucho en comparación con antes, y la enfermedad ya se está manifestando en su cuerpo, por lo que debemos discutir un plan de tratamiento lo antes posible.
Las palabras de Marcelo Montes dejaron a Elba Llorens algo desamparada.
—Pero yo no entiendo nada de esto, y mi papá sigue en detención. No sé a quién acudir.
Rafael Soler se había sentido profundamente decepcionado por su hermana, pero al ver cómo la enfermedad se agravaba, dejándola casi irreconocible por el dolor, su instinto protector regresó.
—Elba, entra a cuidar a tu mamá. Buscaré especialistas para una junta médica.
—Está bien, tío Rafael. La vida de mi mamá queda en sus manos. —Elba quería preguntar si había alguna forma de liberar a su padre, pero al notar la mirada severa de Marina Montes de Soler, no se atrevió a mencionarlo.
Una vez que Elba entró, Rafael habló:
—Marcelo, dime la verdad. ¿Queda alguna esperanza de que mi hermana se recupere?
Marcelo levantó la vista hacia él.
—Rafael, eres como un hermano para mí y no quiero mentirte. El estado de Luisa supera mis capacidades. Mantenerla estable para que no empeore es mi límite. Si de verdad quieres salvarla, debes contactar a los mejores especialistas internacionales lo antes posible. Lo ideal sería la Doctora R, la Doctora Alma o la Doctora Serena. Su nivel médico está muy por encima del mío; tal vez ellas tengan una solución.
Al terminar de hablar, notó una expresión extraña en el rostro de su hermana y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?
Marina soltó una ligera carcajada.
—Marcelo, ¿te la has pasado tanto en el hospital que ni siquiera ves las noticias?
Marcelo la miró confundido.
—No, ¿por qué habría de verlas?

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