Eran ellos quienes debían protegerla y cuidarla, pero resultaba que ella terminaba cuidando de ellos.
—Roxana, el día está hermoso, ¿por qué no salimos del hospital? Aunque tu papá y yo hemos estado cerca de Puerto Esperanza antes, casi nunca venimos por aquí. Si tienes tiempo, ¿nos acompañarías a dar una vuelta? A tu padre y a mí nos encantaría conocer los lugares donde creciste.
Al ver que sus padres no intentaban complacer a ambas partes como lo hacía Darío, sino que la elegían a ella sin dudarlo un segundo, Roxana sintió una inmensa calidez en su corazón.
Recordaba que, en la casa de la familia Maldonado, siempre que ella y Alcira deseaban la misma cosa, Ricardo y su esposa se la entregaban a Alcira sin pensarlo dos veces.
En su momento, intentando ganarse la validación de aquellos padres, se esforzó por mantener el primer lugar de su escuela durante años. Pero, en lugar de elogiarla como haría cualquier padre, Ricardo y su esposa le reprocharon con dureza que su excelencia académica afectaba la recuperación de Alcira. Le prohibieron leer e incluso quemaron sus libros a escondidas.
Y como si aquello no fuera suficiente, no dudaron en drogarla durante los exámenes, obligándola a faltar bajo las excusas más absurdas. Fue desde entonces que dejó de esperar cariño de esos padres; permitió que arruinaran su reputación mientras ella se forjaba su propio camino en silencio.
Más tarde conoció a don Abelardo y a su grupo de adorables ancianos.
Todos la querían como a una verdadera nieta, cuidando de ella en cada aspecto, desde sus conocimientos médicos hasta sus estudios y su vida personal.
No obstante, todo aquel afecto no era comparable con el amor incondicional que proviene de los padres biológicos.
Pero ahora, al fin había encontrado la preferencia que tanto merecía.
Por eso, al escuchar la petición de Marina, se dio cuenta de que aún no había pasado suficiente tiempo de calidad acompañándolos, y sintió una pequeña punzada de culpa en su interior.
—De acuerdo. Aunque la verdad es que yo casi no he paseado por Puerto Esperanza. Solo podría llevarlos a los lugares donde estudié.
Marina se mostró entusiasmada de inmediato.
—¡Eso suena maravilloso! Queremos ir a tus antiguas escuelas, fueron los lugares donde pasaste más tiempo. Queremos recorrerlos todos de nuevo.
«Es como si quisiéramos sentir que te acompañamos desde tu infancia hasta que te convertiste en adulta».
Elba, al ver que el grupo estaba a punto de marcharse, entró en pánico. Como no se atrevía a hablar en ese momento, se limitó a tirarle desesperadamente de la ropa a su madre.
—¡Mamá, mi tío y mi tía se van!
Luisa, aún consumida por la humillación y el coraje de la bofetada, sintió que el pecho se le oprimía al presenciar la perfecta armonía de su hermano con su familia.
—¡Que se vayan! Si ya ni siquiera me reconoce como su hermana ni a ti como su sobrina, ¡¿de qué sirve que te desesperes?!
Lo dijo en voz alta a propósito, intentando poner a prueba la reacción de su hermano mayor.
Pero Rafael actuó como si fuera sordo. Sin detenerse un segundo, el grupo abandonó la habitación.
—¡Mamá! —exclamó Elba, incapaz de comprender la táctica de su madre—. ¡Ahora mi abuelo está furioso con nosotras y el único que puede ayudarnos es el tío Rafael! ¿Cómo se te ocurre romper relaciones con él de esa manera?

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