Luisa le lanzó una mirada fulminante.
—Primero asómate y revisa si no hay nadie afuera.
Aunque Elba no quería obedecer, temía que hubiera oídos indiscretos, así que salió al pasillo a verificar. Tras confirmar que no había nadie, dejó que su madre se explicara.
—¡Ay, qué niña tan tonta! ¡Si no hubiera actuado de esa forma, tu tío seguro me habría obligado a disculparme con esa malagradecida! ¿Y por qué habría de hacerlo? ¡Soy su tía, es su obligación natural darme tratamiento médico!
A Elba el argumento le pareció lógico, y eso avivó su enojo.
—¡Pero, mamá! ¡Al hacer todo este escándalo, es mucho menos probable que acceda a curarte!
—No te preocupes por eso —respondió Luisa, rebosante de confianza—. ¿No escuchaste lo que dijo Marina hace un rato? Me dijo que me fuera a vivir en paz con tu padre. Eso significa que lo sacarán de la cárcel. Una vez que tu papá esté libre, tu abuelo ya no nos culpará de nada. Después, con calma, pensaremos en una buena forma de ablandar el corazón de tu tío.
Al escucharlo, Elba pensó que tenía sentido, aunque todavía le quedaba una inquietud.
—Pero me pareció que esta vez mi tío y mi tía estaban realmente furiosos, dudo que se ablanden tan fácil.
—¿De qué tienes miedo? Si logramos que se ablanden, será lo ideal. Y si no, ¡llamaré a los reporteros y haré público que esa bastarda de Roxana desconoce a su propia tía y me dejó morir! ¡Cuando la gente la hunda en las redes sociales, no le quedará más remedio que ceder!
Elba lo comprendió de golpe y le levantó el pulgar en señal de admiración.
—¡Mamá, definitivamente la experiencia siempre gana! ¡Tu jugada es maestra!
***
Roxana pasó toda la tarde acompañando a sus padres. No solo visitaron la escuela secundaria donde había estudiado, sino que también recorrieron las calles aledañas. En cada lugar, Marina le pedía el favor a algún transeúnte de que les tomara fotos.
Al principio, a Roxana se le hacía un poco incómodo, pero tras varias fotos, aprendió rápido a relajar sus expresiones y verse más natural.
Sin embargo, cuando vio a la chica de cabello suelto y rostro apacible en la planta baja, todo el resentimiento se evaporó.
—No te preocupes, ya me había enterado de que estaban en El Mirador gracias a tu hermano Darío. —A estas alturas, su tono se había vuelto instintivamente dulce—. Roxana, mira hacia arriba.
Roxana levantó la cabeza y sus ojos conectaron inmediatamente con los de Valeriano, quien la observaba desde la terraza jardín del tercer piso.
Llevaba puesta una camisa blanca muy formal que resaltaba sus facciones delicadas y distinguidas. La luz del crepúsculo se acumulaba a sus espaldas, creando un resplandor cálido que lo hacía ver más cautivador que el propio atardecer.
Al ser hora de la cena, El Mirador era un mar de personas. A pesar de saber que no había mesas disponibles, el ir y venir de clientes en el primer piso no cesaba.
Mientras tanto, en el piso superior, reinaba una atmósfera de completa paz y armonía.
Roxana siempre había considerado que Valeriano era un hombre de pocas palabras y sin grandes habilidades sociales. Sin embargo, al verlo conversar con tanta soltura con su maestra e incluso lograr que sus padres rieran a carcajadas, se dio cuenta de que lo que creía saber sobre él volvía a cambiar por completo.

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