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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 537

Roxana se acercó a paso rápido, con una sonrisa de la que ni ella misma era consciente en su hermoso rostro.

—Señorita, suba, por favor —Leandro se apresuró a abrirle la puerta al verla.

—Gracias. —Roxana entró y vio a Valeriano luciendo un impecable traje estilo inglés de tres piezas, emanando esa mezcla de nobleza y el magnetismo característico de un hombre poderoso—. ¿Acabas de salir de una reunión?

—Sí. Vi que ya casi era la hora de mi sesión de acupuntura, así que decidí venir a esperarte. No imaginé que saldrías tan pronto. ¿Se le puede llamar telepatía?

—Supongo que sí. Pero todavía no puedo ir a la villa contigo; tengo que pasar por el laboratorio de don Abelardo.

Valeriano no esperaba que estuviera tan ocupada. Incluso habiendo hecho fila con anticipación, aún no era su turno.

—Está bien. Te llevaré y después regresaremos juntos.

—¿No tienes nada más que hacer en toda la tarde? —preguntó Roxana, asombrada. Alguien en su posición no solía disponer de tantas horas libres.

—Tus asuntos son más importantes que cualquier otra cosa —respondió él, mirándola con una seriedad profunda.

Roxana guardó silencio y le sostuvo la mirada.

—Claro que hay algo más.

Valeriano ya estaba al tanto de lo sucedido gracias al reporte de sus sombras. Confiaba en que sus hombres eran indetectables para la mayoría, pero ella no era alguien común, así que decidió ser franco.

—Ayer, después de hablar con Sergio Sarmiento, tuve el presentimiento de que la familia Sarmiento no se daría por vencida tan fácil. Temiendo que, como un animal acorralado ataca con furia, intentara ir por ti, ordené a dos de mis sombras que te vigilaran. Pero descuida, solo operan desde la oscuridad y no interferirán con tu vida.

Roxana, notando su sinceridad, no se molestó, pero le dejó clara su postura.

—La próxima vez avísame antes de hacer algo así. Si anoche no los hubiera reconocido, ya no estarían vivos.

Valeriano había ensayado mil formas de justificarse en el camino temiendo que se enfureciera. Al ver que ella lo tomaba con tranquilidad, sintió que el alma le volvía al cuerpo.

—Te prometo que te avisaré la próxima vez.

Desde el asiento del conductor, Leandro encendió el motor e intervino:

—Señorita, ¿me podría dar la dirección del laboratorio de don Abelardo?

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