Esa voz le resultaba demasiado familiar. Roxana giró el rostro y vio a Gaspar Aranda acercándose a paso acelerado, con el rostro desencajado de rabia, listo para detenerla.
—Soy estudiante, pero vine a ofrecer mi ayuda. Tratas de echarme sin siquiera averiguar el motivo. ¿No te preocupa quedarte sin excusas frente a don Abelardo?
Gaspar Aranda andaba con aires de grandeza últimamente, todo gracias a que en su último reporte había presumido conocer a la Doctora Serena, lo que le hizo ganar el respaldo de los altos mandos.
Ahora, ver a Roxana le parecía un mal presagio; cada vez que se topaba con ella, todo le salía mal.
La primera vez, intentó evitar que ella tratara a Andrés Blanco. Resultó que, contra todo pronóstico, ella logró curarlo, lo que le costó a él una reprimenda brutal.
Luego vino la Gran Subasta Primigenia. Debido a su falta de visión, fue incapaz de desenmascarar a La Falsa Serena, y Roxana lo humilló frente a toda la audiencia, poniéndolos a todos en su contra.
¡Estaba convencido de que esa mocosa era su maldición personal!
—¡En mi puesto actual, yo no le rindo cuentas a Abelardo! ¡Al contrario, él tiene la obligación de reportarse conmigo todos los días! Así que si yo te digo que te largues, ¡te largas!
Roxana, en vez de indignarse, respondió con una parsimonia letal:
—Por lo que oigo, te dieron un ascenso. Pero deberías tener más cuidado; si no me equivoco, conseguiste ese puesto a base de mentiras. Si presumes demasiado y luego se descubre la verdad, vas a terminar siendo el hazmerreír de todos.
El rostro de Gaspar se tornó morado de la furia.
—¡Qué estupideces estás diciendo, mocosa! ¡A mí nadie me regaló nada, mi puesto es el fruto de mi arduo trabajo! Sé que Abelardo está ardido de envidia y por eso te mandó a difamarme. ¡Pero te lo advierto, si sigues metiéndote donde no te llaman, voy a acabar contigo!
Cuando Gaspar adoptaba esa postura autoritaria, solía ser bastante intimidante.
Pensó que una adolescente como ella se pondría a temblar de miedo.

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